sábado, 5 de diciembre de 2015

Alas perdidas y otras historias de Brujería.




El padre Antolín era el confesor de las monjas bigotonas del colegio donde estudié.  Vasco, orondo y con con una risa escandalosa que sobresaltaba a las religiosas melindrosas, era un espíritu curioso e inquieto a quien le costaba obedecer la sobriedad de alzacuellos. Por ese motivo, no me sorprendió cuando me dijo que sabía algunas cosas sobre las brujas.  Que de hecho, había crecido escuchando historias sobre ellas en su natal Álava.

- ¿De verdad? - le pregunté muy sorprendida. Me regaló una de sus sonrisas torcidas y amarillentas de fumador secreto.
- Por supuesto, Chaval. En mi pueblo, ser una bruja era cosa buena. Y teníamos muchas.

Antolin había nacido en un pueblito remoto de las montañas del país Vasco y como siempre solía decirme, cuando se proviene de un lugar tan pequeño y remoto, a menudo la fantasía y la realidad conviven de una manera muy armoniosa. Un pensamiento muy bonito, pero que sin embargo, me hizo preguntarme si lo que sabía Antolin sobre las brujas de su pueblo era imaginario, más que realista. Soltó una de sus carcajadas amables cuando se lo pregunté, con toda la delicadeza que fui capaz.

- Mirad que sois petulante - me acusó. Pero reía al decirlo - No, no es una historia de fábula. En mi pueblo, había brujas. De las buenas y queridas. Cuando me fui al Seminario, todas me obsequiaron pequeñas bolsitas con especias para protección.

La imagen me pareció fascinante. Imaginé al joven Antolín, seguramente con el cabello blanco y despiertos ojos azules, pero ya por entonces pasadito de peso, recibiendo un saquito de protección como los que hacía mi abuela - la bruja, la sabia - de las manos de una anciana venerable. Lo imaginé tan claro, que percibí los aromas, la delicadeza como se mezclaban con el olor del campo y el cielo abierto, el sonido leve de la tela de arpillera en las manos del muchacho. De pronto, no me encontraba con Antolín caminando por los pasillos del jardín del colegio, sino en ese pequeño pueblo, alejada de todos y de todos, con el cielo cortando el infinito y la montaña abriéndose paso en vertical hacia las estrellas.

- ¿Y las guardaste? - pregunté, regresando con esfuerzo a la realidad. Antolin se dejó caer en uno de los muraletes que rodeaban las petunias de las Monjas con un movimiento lento, casi pesaroso.
- Mi madre las echó a la basura - me explicó con tristeza. Me quedé muy sorprendida y ofendida con la desconocida madre de Antolin por hacer aquello - me dijo que era superchería. Que si deseaba ir a con Dios, no podía llevarme las locuras de pueblo. Asi que sí, las tomó todas y las echó al río.

De nuevo, la imagen fue muy clara: vi las especias de brillantes colores flotando sobre el agua espumosa de un río de montaña. Perdiéndose en la lejanía hasta formar de nuevo parte de la Tierra. No era un pensamiento triste, tampoco uno especialmente desagradable. Pero la imagen de esa larga línea de belleza desperdigada en la inmensidad sólo por la furia y la desconfianza de la madre de Antolín, me enfureció. Por supuesto, no le dije nada. Preferí guardarme las cosas nada educadas y bonitas que pensaba sobre la mujer sin rostro en mi mente, antes de ofender a su hijo. Además...había algo más importante en qué pensar. Una idea que insistía en abrirse paso en mis pensamientos ofuscados. Algo realmente bonito.

- Pero...tu las aceptaste - dije de pronto. Parpadeé, como si de pronto, hubiese logrado encontrar un hilo de conocimiento en medio del desorden de mi mente inquieta - Tu...sí aceptaste la bolsita de la bruja.

Antolin sonrío de nuevo, pero esta vez no fue una sonrisa inocente, sino una cargada de intención. Balanceó su enorme humanidad sobre el muralete hasta ponerse cómodo bajo el sol de la tarde. Tenía un aspecto rozagante, a pesar de las arrugas de su rostro, del cabello blanco brillante bajo la luz. El alzacuellos le presionaba la papada y cuando se llevó los dedos al cuello para tirar un poco de la tela,  tuve la rara impresión que lo hacia para poder hablar con más libertad. Para dejar salir las palabras atoradas en algún lugar de su garganta.

- Lo hice, claro. Y las habría conservado de poder - dijo con toda tranquilidad - Lo hice, porque conocía a Doña Martha desde niño. Porque la había visto cuidar de su jardín, el más bonito del pueblo. Porque sabía curaba niños y animales. Porque era fuerte, porque tenía una mirada limpia, no importaba que los demás le llamaran bruja.

Todavía no me acostumbraba a que la mayoría de la gente que conocía considerara la palabra "bruja" una grosería. Para mi, era la palabra que describía a mi abuela, mi madre, mis tias y primas. Una palabra brillante, que iluminaba mi casa, que susurraba conocimiento, aprendizaje y amor. Pero había aprendido que por siglos, la Bruja había sufrido el asedio del odio, la ignorancia y el rencor, así que la palabra no significaba lo mismo para todos. Y supuse que aún menos, para alguien tan cercano a Dios. Para la Iglesia, la Bruja era una figura maléfica, capaz de las peores cosas. Como siempre, me entristeció mucho el pensamiento o mejor dicho, el hecho que tuviese que lidiar - y tratar de comprender - algo semejante.

- ¿Te caía bien entonces? - pregunté, para no pensar en las cosas dolorosas. Antolin inclinó su enorme cabeza canosa, con un suspiro.
- Me caia muy bien. Ella y su hija vivían en una casucha del bosque. Solas, sin que nadie las ayudara. Todo un escándalo te imaginaras - río otra vez - iban, cortaban su lecha, cuidaban de su cabra. Y también bailaban a la Luna. Hablaban con las plantas, cuidaban de los animales. Eran mujeres fuertes, las más fuertes quizás del pueblo. Y con tanto que enseñar.

Antolin suspiró y entornó los ojos, como si mirara cosas y personas que yo no podía ver. De inmediato, me puse a imaginar a las brujas de su montaña, la vieja y la joven, caminando por el bosque tomadas de la mano, sonriendo y mirándolo todo con asombro. Con sus vestidos sencillos y pies descalzos, el cabello suelto. El fuego en el espíritu. La imagen me hizo sonreír.

- Y Tu le caias bien - dije entonces. Antolin me hizo un guiño malicioso.
- No tanto, no tanto - respondió - era un niño vivaracho y muy metomeentodo. Iba a su casa, tocaba sus cuencos y mesas. Le hacia preguntas, señalaba con el dedo las plantas para preguntar sus nombres. Jolines, que como las fastidiaba yo.

Pero por alguna razón, tuve la impresión que la vieja bruja no le parecía fastidiosa la curiosidad del Antolin niño. Que como mi abuela, disfrutaba de ella, la comprendía mejor que nadie. Que sonreía a las preguntas de aquel niño inquieto y sonriente que caminaba de un lado a otro en su vieja y humilde cocina. Casi pude escuchar su voz amable y cascada, explicando grandes secretos de manera sencilla. Disfrutando de hacerlo, riendo de felicidad por transmitir el antiguo conocimiento.

- Seguramente le caías bien - dije. Antolin suspiró y se palmeó la rodilla con un gesto impaciente. Tuve la impresión que de estar solo en algún lugar, habría encedido un cigarrillo furtivo, intentando no parecer muy avergonzado ante los ojos de Dios.
- No lo sé, pero el caso es que ese último día, vino y me dio una bolsita cerrada con un olor muy fuerte y bonito. Su hija también lo hizo. Y varias mujeres más, de las que vivian en el bosque - me contó. Los ojos muy azules brillaron entusiasmados y de nuevo, me pregunté si la escena para él era tan real como paladearla de nuevo. Mirala con los ojos entusiasmados del corazón - me las pusieron en las manos y me bendijeron a su manera, por el río, por el viento. Esas cosas vuestras. Y me desearon encontrar un pensamiento tan profundo y bonito como para atesorar siempre.

Una frase preciosa, que tuve la impresión había escuchado antes, aunque no supe donde o cuando. Me quedé pensando en el grupito de mujeres de cabello largo y enmarañado, despidiendo al muchachito de rostro amable que se alejaba por el camino. Imaginé a la madre del muchacho, con el rostro enfurruñado y las mejillas quemadas por el aire frío. Su mirada desconfiada, su furia.

- Me quedé pensando en ellas mucho tiempo - dijo Antolin entonces - incluso cuando mi madre arrojó las bolsitas por el camino. Aún estando en el seminario de Madrid. Las recordé como quien recuerda las cosas buenas, las de siempre. Las que añoras del lugar donde pertenece. Las brujas de mi pueblo, con sus cabellos indómitos y sus manos amables, cuidandome a la distancia.

Se calló con un suspiro. Nos quedamos los dos en silencio, escuchando la algarabia del patio del recreo. Entonces se levantó del muralete y se puso a sacudirse el traje oscuro con manos enérgicas.

- Mirad, que os he retenido aquí toda vuestra hora de diversión - comentó. No me miró a la cara. ¿Estaba triste Antolin? ¿Tan triste como para ocultarlo? Lo seguí cuando cuando comenzó a caminar por el camino de grava hacia los salones - Dios, que todo lo ve y todo lo comprende, sabrá que no fue por mala intención.

Mis compañeras de clase gritaban y se arrojaban la pelota unos metros más allá y tuve la impresión que al acercarme a ellas, abandonaría ese lugar silencioso y reposado de los recuerdos de Antolin. Lo miré, levantando la cara hacia las alturas de su rostro arrugado rodeado de cabello blanco.

- Yo también soy bruja - dice entonces. Lo dije, con una tranquilidad casi ultraterrena. Lenta, simple. Una tranquilidad adulta, me dijo ahora, a la distancia de los años. Antolin volvió la cabeza y esta vez no sonreía ni me miraba con aires bonachones. Sus ojos azules estaban llenos de nostalgia e historias.
- Lo sé,  pequeña. Me lo has dicho.

Asentí. La campana que marcaba el fin del recreo comenzó a sonar. Antolin me hizo una seña amplia y generosa.

- Id, bonita. El Inefable os reclama para daros nuevos conocimientos - dijo señalando a los grupos que caminaban por los pasillos. Pero yo no me decía. Quería decir algo, muy grande y bonito. Algo profundo, amable y encantador, que pudiera resumir mi agradecimiento porque recordara a las brujas de esa manera. Pero no supe qué. Frustrada, eché a andar con el grupo de niñas. Con dedos distraídos, me solté el cabello trenzado, me lo rasqué con dedos desordenados. Los abundantes rizos me cayeron sobre los hombros y la mejilla. Cuando me volví a mirar a Antolin de nuevo, seguía contemplandome con la añoranza brillando en algún lugar remoto de sus ojos ancianos y cansados.


***

No supe que Antolín estaba enfermo hasta que una de las Maestras lo comentó de pasada en clase. Durante semanas, le había visto muy poco y siempre, detrás el altar en la capilla donde dirigía la Misa con su habitual firmeza. No obstante, dejó de pasear por los pasillos del colegio: una ausencia dolorosa que comenzó a preocuparme. Cuando escuché la noticia,  me quedé muy quieta en el pupitre, con el corazón latiendome tan rápido que resultaba casi doloroso. Levanté la mano temblorosa y la sacudí con impaciencia. La maestra me señaló con aire distraído.

- ¿Qué le ocurre Antolin? - pregunté. La maestra se encogió de hombros.
- Cosas de viejito. Sólo sé que necesita descansar.

Por supuesto, no era una respuesta que fuera a aceptar por las buenas. Apenas terminó la clase, seguí a la maestra, intentando averiguar más del tema. Sacudió la cabeza, con los ojos en blanco.

- No sé, niña. Escuché a Sor Compasión diciendo que estaba muy mal. Ella podré decirte más que yo.

Sor Compasión era bajita, impaciente y muy ancianita. Y también, una de las religiosas más agradables de la Escuela. Al contrario de la maestra, no pareció impaciente o fastidiada por mis preguntas sobre Antolin.

- Es su corazón, Damita - me dijo con su voz temblorosa salpicada de acento francés - está fallando ya. Hay que rezar mucho por el Padre Antolin para que vaya al Cielo y el Padre lo reciba en su seno.

Sentí que el miedo me subía por la espalda como un escalofrío. Sí, sabía que Antolin no era joven, pero la idea de su muerte me produjo un miedo imposible de explicar. De pronto, pensé que en el vacío de los corredores del Jardín sin su risa, como morirían todas las historias que sabía, su voz que hablaba de Dios como una idea tan enorme que resultaba casi abrumadora en su belleza. Me quedé muy quieta, con las manos apretadas contra la falda, sintiendo que todo daba vueltas a mi alrededor. La hermana Compasión me miró con sus ojos acuosos llenos de amabilidad.

- Oh Damita, sé que te cae muy bien el padre. Lamento mucho decirte todo esto. Pero puedes ir a visitarlo - parpadeé.
- ¿Puedo?
- Claro - la anciana se inclinó sobre su pequeño y prolijo escritorio y tomó una hoja de papel. Garabateó lo que parecía ser una dirección su letra elegante de maestra - le alegrará verte. Son amigos ¿No?

Tuve que morderme los labios para evitar se me escapara la inmediata respuesta que pensé. Soy su bruja, quise decir. Soy su amiga, como las mujeres de la montaña, como la anciana que lo vio crecer. Pensé en las tardes en que Antolin y yo hablábamos sobre lo Divino y lo mundano en el jardín solitario, en su risa amable, en su sabiduría que poco o nada tenía que ver con la religión. En su curiosa manera de ver el mundo. Sí, me dije con un nudo en la garganta, Antolin era mi amigo y yo su bruja. Como la anciana de cabello cano que le había despedido con amor de la montaña tanto tiempo atrás.

Mi abuela me miró con los ojos muy abiertos, mientras intentaba explicarle todo lo anterior lo más rápido que podía. Le expliqué con el aliento entrecortado y lágrimas en los ojos, que Antolin estaba enfermo, que estaba solo seguramente. Que era mi amigo, que era un hombre paciente y sabio. Y que era amigo de brujas. Que había conocido a mujeres como nosotras y que ahora...

- Respira mi niña - dijo mi abuela inclinándose para tomarme de los hombros - respira tranquila y explicame. ¿Qué ocurre con Antolin?
- Nos necesita - no sabía como explicarle lo que quería. Como describirle la idea que me abrumaba. Quise describirle las brujas que él me había contado, la forma como le cuidaban y que ahora...¿Ahora qué? Sacudí la cabeza frustrada. Las lágrimas se me escaparon sin que pudiera contenerlas - tenemos que...cuidarlo.

Abuela permaneció de pie, con la cabeza medio ladeada. Tenía un aspecto amable y muy tierno, con su vestido floreado y el cabello trenzado cayéndole sobre el hombro. La vi reflexionar, con los ojos entornados detrás de los anteojos de lectura, el rostro contraído por la preocupación. Asintió, finalmente.

- ve a vestirte, lo vamos a visitar - dijo entonces. La miré con los ojos muy abiertos.
- ¿Vamos?
- Si te apresuras, sí - bromeó - sí, mi amor. Claro que vamos.

De pronto, pensé en las historias que había leído en los libros de las Sombras de la casa. De como la Iglesia había condenado a mujeres en la historia, acusándolas de malvadas sólo por llamarse brujas. Pensé en que aún la palabra se le consideraba una grosería. Pensé en el hecho que aún mucha gente la pronunciara con desconfianza. Y Antolin era un sacerdote. Un hombre de la Iglesia. Alguien que...

- ¿De verdad quieres ir? - dije entonces. Quería preguntarle si quería hacerlo a pesar de todo eso. Si no había rencor, incluso aunque Antolin no tuviera nada que ver en esas atrocidades en los libros de Historia. Abuela suspiró, como si me escuchara pensar, cosa que de vez en cuando creía posible.
- En brujería creemos en los ciclos de la vida, tu lo sabes - respondió - creemos que todo se transforma, se construye, se crea, se hace más poderoso. Avanza, se mira como una idea profunda, se construye como un planteamiento de la verdad. Antolin es tu amigo y siendo así, también lo es mio. Y ser amigo de una bruja es algo importante. Es algo...para siempre.

Por alguna razón, imaginé a las brujas de la montaña de pie en su casa muy vieja. El cabello blanco le flotaba alrededor del rostro. Y me miraba. Me decía cosas en silencio. Las comprendí. Miré a mi abuela con una sonrisa.

- Me voy a vestir - anuncié. Mi abuela asintió.
- Ve y después, visitaremos a tu amigo querido.

***


Antolin se sorprendió al verme junto a su cama, pero aún más, al ver a mi abuela allí, a mi lado. Nos miró a ambas, desde la calma impoluta de su cama del hospital del Auspicio, sorprendido  pero también conmovido. Me apresuré a tomarle de la mano.

- Sor Compasión me dijo donde estabas, porque la Señorita L. no quiso - le expliqué rapidamente - ya sabes como es de loca.

Antolin siguió mirándome sin decir nada. Se le veía muy viejo, cansado y sobre todo, fuera de lugar, vistiendo la ropa blanca del hospital. Mi abuela río por lo bajo.

- Hija...
- Esta loca la maestra de verdad - dijo entonces Antolin. La sonrisa de siempre en los labios. Los ojos muy cansados contemplándonos a ambas -agradezco que Compasión no lo esté tanto.

Antolin había sufrido un infarto. Uno muy leve, según nos comentó con voz cascada y cansada, pero lo suficientemente grave como para mantenerlo en cama. Nos habló del dolor, del miedo y del susto que había pasado. Se le veía muy solo allí, en una habitación blanca y limpia, que compartía con un anciano refunfuñón que me dedicaba miradas furiosas sobre sus anteojos de leer cada vez que hablaba en voz alta. De pronto, tuve un pensamiento angustioso: Antolin estaba solo. Muy solo. Como esa habitación sin sonidos. Como el anciano gruñón. Nada lo unía a este lugar ni tampoco a nada más. El pensamiento me angustió.

- Quise venir apenas lo supe - declaré. Mi abuela, de pie a mi lado, lo escuchaba todo con su habitual silencio - y mi abuela me dijo que podía venir.

Antolin levantó los ojos y la contempló. Debió parecerle una señora muy normal, con su cabello trenzado, su rostro arrugado, su vestido sobrio y sus zapatos de anciana. Me pregunté si recordaba a esa otra bruja que recordaba, vestida con ropa sencilla, el cabello suelto. Todas de la misma familia.

- Gracias por traer a la niña, querídisima - dijo entonces Antolin. Y tuve la impresión que había algo más en sus palabras. Algo contundente y fuerte que yo no entendía bien. Mi abuela sonrío, con los ojos y los labios, a la manera cálida que tanto me gustaba.
- Usted es su amigo. Por tanto, el mio también - dijo. Rebuscó entre los bolsillos de su vestido, tomó algo que por el momento, no pude ver - y también de nuestra familia, por mucho tiempo, según me parece entender.

Abuela se inclinó y dejó en la cama lo que había encontrado en sus bolsillos. Antolin la miró con los ojos muy abiertos y asombrados. Luego tomó la bolsita de protección con gestos lentos y cuidadosos.

Era un objeto muy bonito. Mi abuela solía dedicar horas a coser y bordar la tela que envolvería una bolsita destinada a proteger y a cuidar a quien la tuviera. La rellenaba con esmero con hierbas y especias. Por último, la cerraba con un cordel dorado. Sus bolsas tenían un aspecto delicado y bello. Antolin acarició la suya con un gesto lento y delicado.

- Mi Señora....- comenzó. Se le cerró la garganta. Nos miró a ambas bajo sus hirsutas cejas blancas - No sé como agradecerle...
- En mi familia, creemos que una bolsita de protección atrae las energías curativas - explicó entonces mi abuela en voz baja y confidencial - es un simbolo de todo lo bueno, lo nutritivo y lo fértil de la naturaleza. Nos recuerda que todos somos partes de un ciclo. Que nos hacemos fuertes en la experiencia. Poderosos y profundos en la sabiduría. Pensé que quizás, le gustaría tener una.

Antolin no respondió, aún con la bolsa entre las manos. Entonces hizo algo muy dulce: la apretó entre los dedos y se la llevó al rostro, para olerla. Y supe cual era el aroma que percibía: el delicioso de la albahaca, el muy fuerte del romero. El riquísimo de la Mostaza del jardín. De pronto, Antolin era un niño muy grande de mejillas pálidas.

- Gracias...a ambas - dijo entonces. Y le noté tan emocionado que pensé lloraría, una idea que me resultó escandalosa y extraña. Pero no lo hizo. Sonrío, a su manera amplia y amable, que tanto me agradaba - se los agradezco de corazón.
- Las amistades son para siempre - dijo entonces mi abuela con un guiño. Estuve segura que pensaba en algo más que una simple cortesía - y me alegra recordarselo.

Antolin suspiró y de pronto, su expresión a un niño de nuevo. Diáfana en la luz del sol que entraba por la ventana. Eterna como las promesas que se mantienen a través del tiempo.

***

Pasé corriendo como un vendaval junto a Antolin y como solía ocurrir, me reprendió en voz alta por hacerlo. Me detuve, con la respiración agitada y el uniforme sucio de sudor.

- Pero es que tengo que ir a jugar - le expliqué.
- Pues ve caminando, Chaval. Te podeis hacer daño.

Habían pasado casi dos meses desde que Antolin había sufrido el infarto y apenas un par de semanas desde que había regresado a la Escuela. Pero a mi me parecía el mismo anciano enorme y majestuoso de siempre. Ya no parecía débil y cansado, sino radiante, rezongón, entrañable. Asentí con una sonrisa traviesa.

- No me lo haré.
- Pues  ir caminando y os creeré.

Siguió su camino, sonriendo y me pasó por un lado, apoyado en su bastón de cedro. Flor, mi amiga, arrugó la nariz.

- Vino más gruñón después de estar enfermo ¿No? - dijo fastidiada. Me encogí de hombros.
- Él es así - respondí. Le miré alejarse, con su paso lento de convaleciente pero con el rostro amable e iluminado por la curiosidad de siempre. Flor sacudió la cabeza.
- Además, huele raro - siguió mi amiga - como a cosas de cocina. ¿No lo oliste? Que cosa tan loca.

Pensé en la montaña donde había nacido Antolin. En la cocina de la anciana que lo recibía cada día. En la bolsa que su Madre había arrojado al río que cruzaba el pueblo. Y en la bolsita que ahora podría conservar. Un mensaje de amistad eterno. Una sonrisa cálida y fuerte me brotó del pecho y me llenó la cara. Una forma de reír sin sonido. Cuando eché a correr, pensé en los hilos del tiempo, en los pequeños milagros, en los pequeños prodigios que atesorar.

Una forma de belleza.
Una manera de soñar.


1 comentarios:

libardo firigua dijo...

hermosa historia.Secretamente las he amado a través de las narraciones de los curas que las mostraban como seres abominables. Yo nunca les creí y deduje que si ellos hablaban mal de esos seres comprendí que tenían que ser seres maravillosos como lo estoy descubriendo ahora. Soy hombre pero no se porque me gusta intensamente ver la luna e inmaginarme una noche bailando bajo su protección.

Publicar un comentario