sábado, 14 de noviembre de 2015

Pequeños misterios familiares y otras historias de Brujería.





Mi bisabuela solía decir que de existir las brujas malvadas, ella sería una. Lo decía riendo, con su habitual expresión maliciosa, mirándote directamente a los ojos. Y lo creías. Acababas pensando que había algo definitivamente inquietante en la postura relajada de su cuerpo, en sus manos delicadas apoyadas sobre las rodillas y sobre todo, en la inteligencia al fondo de su mirada. Ese brillo antiguo y sabio que no sabias muy bien a que atribuir.

- Pero ¿Mala cómo?  - le pregunté en una ocasión, no muy convencida. Bisabuela ladeó la cabeza y se inclinó hacia mi.
- ¿A ti qué te parece?
- No sé, ¿Regalas manzanas envenenadas? ¿Tienes una casa de dulce en el bosque? - pregunté intrigada. Eran las cosas que había leído en los cuentos de hadas y la que suponía, hacia una bruja mala. Pero, la verdad no tenía mucha idea del tema.  Además,  pesar de mis nueve años recién cumplidos, no me creía esas cosas. Pero quería creerlas, con esa ilimitada fe infantil tan ajena al cinismo. No sabía muy bien que era una bruja, mucho menos la brujería, pero si sabía que había algo poderoso, extraño y primitivo en todo aquello. Una idea sobre el mundo tan nueva para mi que no dejaba de sorprenderme. Y por supuesto, "la bruja malvada" era una figura atemorizante - y atrayente, claro está - estaba mitad de todo aquello. Una especie de singular visión sobre el mal en la que nunca había reparado.

Claro está, era muy pequeña para saber en realidad el sentido el bien y el mal. Tenía una noción nebulosa sobre cielo e infierno, santos y demonios, aprendida en las aulas de la Escuela de monjas bigotonas donde acudía. Pero más allá de eso, el bien y el mal me resultaban conceptos confusos, separados por una línea tan fina que en ocasiones parecía imperceptible. Después de todo, ser "bueno" al parecer consistía en obedecer, decir sus oraciones y mostrarse amable, mientras que ser "malvado" implicaba justo lo contrario. No obstante, entre ambas cosas, había un espacio lo suficientemente grande como para resultar inabarcable, un poco temible. Pensaba en esas ideas con frecuencia, aunque en realidad, no me llevaran a ningún lado.

Las monjas que dirigían el colegio donde estudié, hablaban mucho sobre el bien y el mal. Parecían de hecho, especialmente interesada en que nunca olvidarámos que nos movíamos en un mundo de blancos y negros, de espacios de luz y sombra. Parecían sobre todo, preocupadas porque la mayoría nos tomábamos el asunto con toda la graciosa ligereza de la infancia. Para la pequeña congregación de religiosas, la maldad y la bondad eran asuntos reales. Amenazas que se escondían en cualquier lugar y momento y a la que debíamos estar atentas.

- El Mal está en todas partes -  nos dijo una vez la hermana Rosa,que impartía religión y estaba muy obsesionada con los temas sobre las tentaciones del bien y el mal - y hay que prestar mucha atención a lo que se hace o lo que se dice para que las huestes del demonio nunca nos hagan caer en el horror.

Criada por una madre que se negaba a hablar sobre religión y viviendo en una casa de mujeres risueñas y vitales que se llamaban así mismas brujas, aquello sonaba a película de miedo, pensé con cierta incredulidad. Aún así, me inquietó un poco la manera como la Hermana Rosa describía el acecho de "el demonio". Su atenta mirada sobre cada cosa que hacíamos, en espera del momento ideal para empujarnos al abismo que nos llevaría directo al infierno. Había algo definitivamente terrible en esa sensación de encontrarme al borde de un castigo divino inimaginable por no tomarme la sopa del almuerzo o desobedecer a la ancianita Sor Compasión cuando me pedía no correr por el pasillo del colegio como un vendaval. Pero al parecer, así de cercana era la línea que dividía la Ira de Dios y la beatitud. Era un pensamiento como para sentir escalofríos.

Así que para mi, el bien y el mal eran asuntos reales. Al menos lo suficiente como para preocuparme con mucha frecuencia, aunque no supiera muy bien en qué consistía cada uno. En más de una ocasión, me detenía en mitad de un juego o de una frase, pensando si estaba a punto de hacer sonreír al demonio que presumiblemente me vigilaba y darle la oportunidad de llevarme lejos de Dios. Tenía imágenes clarísimas sobre el tema: me imaginaba a un sujeto vestido de traje oscuro, observándome desde una esquina de la habitación donde me encontraba y bien protegido por las sombras, aguardando a que me equivocara para mover sus huesudos dedos y asegurarse que yo, desobediente, preguntona e irritante, estaba lista para...¿Para qué? No me atrevía a pensar eso, pero con frecuencia tenía imágenes estrafalarias de cuevas profundisimas quemadas por el suelo y el olor de las llamas. El infierno como un lugar real.

Pero era difícil explicarle a bisabuela esas cosas. Era de lejos, la mujer más inteligente que conocía y también, la más compleja. Para ella, las cosas nunca eran sencillas. Siempre había algo que decir, analizar, comprender, mirar. Y además, no había manera de convencerla que lo contrario: para bisabuela, no había nada que no mereciera ser discutido y desmenuzado en palabras. De manera que supuse que explicarle que las monjas de la escuela creían que el mal era una criatura - o así lo imaginaba yo - antes que una idea, iba a traer problemas. Mucho más, cuando ella misma se consideraba así misma "maligna".

- El Mal no es algo tan sencillo - me respondió entonces bisabuela, mirándome con su claros ojos verdes muy atentos - si lo fuera, entonces sólo te trataría de saber que decir o que no hacer, para sentirse "bueno". Y eso no parece muy justo ¿verdad?. De hecho es un poco hipócrita.

No supe qué responder. De hecho, no comprendí bien lo que quería decirme, aunque tenía una idea vaga que todo se resumía al pensamiento favorito de bisabuela "No todo es tan fácil". Pero la verdad, no podía dejar de pensar que el asunto del bien y el mal fueran algo más que un juego de opciones, donde saber qué decidir - y cuando - eran lo realmente importante. Intenté ordenar mis pensamientos y explicarle eso a mi bisabuela.

- Las monjas de la Escuela dicen que ser bueno es saber cuando callarse, cuando rezar y cuando sonreír - expliqué con torpeza - que lo bueno, te permite siempre hacer lo que Dios espera de ti. Y lo malo...

Me mordí los labios. Eso era más complicado. Porque al parecer, todo lo divertido, de buen sabor y entretenido no era muy bien visto por el Altísimo. Más de una vez, le había preguntado a las monjas por qué Dios parecía tan interesado en que fuéramos discretos, callados y sencillos. Si el bien tenía que ver con dejar de ser un poco uno mismo, para formar parte de algo mucho más grande, pero también indefinido. Por supuesto, para una niña de nueve años, el planteamiento era mucho más simple: ¿Tenía que dejar de hacer lo que me gustaba para ser buena?

- Lo malo es todo lo que contradice esa idea ¿No? - me preguntó bisabuela.
- Según las monjas, sí.
- Según las monjas, claro - se burló por lo bajo. Me sorprendí.
- ¿Por qué te caen mal?
- Porque no soporto la obediencia.

Lo dijo como si tal cosa, como si para ella obedecer fuera un asunto inadmisible. Y yo, que lo consideraba también pero nunca me había detenido a pensar en eso, me asombré de su libertad para pensar esas cosas, para transgredir esa línea finita entre las cosas buenas y malas.

- ¿Y eso te hace mala? - pregunté entonces. Me pareció comenzaba a comprender por qué bisabuela se llama así misma "malvada" - ¿No hacer lo que te dicen?

Abuela tomó su bastón y se levantó con esfuerzo de la butaca donde estaba sentada. Echó a andar por el pasillo frente al salón con su paso lento y un poco bamboleante. Cuando era niña, había sufrido de poliomelitis, que le había dejado una pierna más delgada y debil que la otra. A veces, pensaba que era un poco triste que su belleza radiante y señorial se viera un poco malograda por el cojeo. Pero a ella no parecía importarle. Asumía su defecto como lo hacía con todas las cosas: con enorme gracia y sentido del humor.

- ¿Te vas a quedar allí boca abierta? - me llamó desde la puerta que daba al jardín. Me apresuré a seguirla.

El jardín de la casa de mi abuela siempre me había parecido el más bonito del mundo y como yo suponía, debían ser todos los jardines. Había un enorme árbol de mango al fondo, tan viejo que sus ramas se inclinaban pesadamente hacia el suelo y la hierba crecía desordenada por todas partes, verde y fresca y sin que nadie se preocupara en cortarla. Había una bandada de golondrinas que bajaban de la montaña para volar sobre las buganvillas del fondo y un pequeño pozo donde una tortuga somnolienta tomaba sol a diario. Pero sobre todo, un lugar libre o de esa manera pensaba yo sobre él. La naturaleza campeaba a su gusto a lo largo y ancho de aquel pequeño paraje cerrado por muralla y rosas de pétalos feos y  había algo definitivamente vivo, en ese desorden. En esa frondosa belleza que brotaba en todas partes.

Bisabuela avanzó con dificultad hacia la muralla del fondo, donde abuela - la sabia, la bruja - había logrado plantar un enorme rosal. No obstante, no era un rosal así sin más: Las flores flotaban en medio de las piedras, descomunales y un poco vulgares.  Tenían un vistoso color carmesí y su aroma en ocasiones impregnaba la casa entera.

- Desde que llegaste a la casa, te hemos dicho eres una bruja ¿No? - dijo mi abuela, mirando la muralla. Me encogí de hombros.
- Pues sí.
- Que naciste en una casa de brujas y que eres parte de una vieja tradición de costumbres y ritos propios.
- Sí.

No tenía idea por qué me preguntaba esas cosas. O que la hacia tener esa expresión lenta y reposada, tan distinta a su malicia habitual. Esperé, de pie a su lado, moviendo el peso del cuerpo de una pierna a otra.

- Entonces, muchacha, eres una mujer...malvada.
- ¿Como dices? - dije tomada por sorpresa. Bisabuela ladeó la cabeza y me dedicó una mirada centelleante.
- Por siglos, la palabra bruja se asoció a las mujeres que se enfrentaban a lo que se suponía debían ser. Mujeres sabias, de corazón audaz, de espíritu de fuego. Mujeres inteligentes, instruidas, que conservaban los secretos de la Aldea en su seno. Mujeres lobo, mujeres Luna.  ¿Lo sabias?

Sacudí la cabeza, conteniendo la respiración. Bisabuela se apoyó sobre su bastón.

- Una bruja era una mujer que en tiempos de prohibiciones, hacia lo que le dictaba su conciencia. Eso no es siempre fácil, ni tampoco comprensible. Una bruja, era una mujer que se enfrentaba a la rectitud que le exigían, al lugar en la historia que se supone debía ocupar. Una bruja es una mujer que aprendió a decir "No" y no permitir que nadie decidiera por ella.

Parpadeé. ¿Qué tenia eso de mágico? pensé de inmediato, con muy poca caridad, la verdad. Pero es que lo que mi bisabuela decía no encajaba muy bien con mi imagen mental sobre la bruja malvada o la de cualquier bruja, para ser exactos. Imaginaba una mujer misteriosa, poderosa, llena de capacidades que muy poca gente comprendía. Capaz de realizar grandes portentos, de crear...magia. Pero lo que mi abuela describía era algo más parecido a...

- ¿Una malcriada? ¿Una rebelde? ¿Eso es una bruja? - dije.
- También lo es. O puede serlo, claro - río mi abuela.

Me quedé perpleja. No tenía mucha idea sobre lo que palabra "rebelde" definía en realidad, pero si sabía que tenía mucho que ver con esa cualidad de avanzar contracorriente que describía bisabuela. Los rebeldes de  las películas y libros siempre eran gente osada, fuerte, voluntariosa. Gente que hacia sin duda grandes cosas, pero no mágicas. ¿Por qué mi abuela insistía entonces que la bruja era sólo una rebelde?

- "Sólo una rebelde", eso es un concepto curioso - opinó extendiendo la mano y acariciando una de las rosas de la pared - En realidad, ser rebelde es una forma de expresarte, de crear tu propia medida de lo que quieres vivir y disfrutar. De asumir los espacios de tu mente, de tu espíritu. De las cosas que vives y esperas construir.
- Pero eso no es mágico - insistí. Abuela rodeó el tallo de una de las rosas con sus dedos finos y lo cortó con un gesto seco y preciso que me sorprendió. Se volvió a mirarme.
- La magia, muchacha, no es un elemento en un cuento de Hadas. Es tu capacidad para crear e influir sobre lo que te rodea. El conocimiento de tus capacidades y cómo influyen sobre quién eres - me explicó - Una bruja es una mujer rebelde porque crea su espacio, su tiempo, su lugar propio. Toma decisiones, se responsabiliza por lo que vendrá después, por lo que desea, lo que aspira, lo que sueña. Una bruja es un espíritu intrépido, que tiene mucho miedo pero sabe como vencerlo. Una bruja es una mujer que no se detiene, que no se lamenta, pero que cuida de sus heridas. Una bruja es una mujer llena de defectos pero que también, sabe disfrutar y comprender sus virtudes. Una bruja es una mujer libre, plena, satisfacha. O que busca serlo.

Recordé a las monjas de la escuela, riñendome por correr, hablar en voz alta, ir despeinada. Pensé en lo mucho que se preocupaban por esas cosas tan pequeñas e insignificantes...y después, en lo mucho que me molestaba tener que complacerlas. En el esfuerzo que me llevaba obedecerlas, sin más. Sin rebatir, sin protestar. ¿Eso era rebeldía? ¿La magia de la bruja? ¿O era...?

- ¿Somos malas porque somos...intrépidas? - nunca había utilizado esa palabra antes pero me gustó hacerlo. Y bisabuela sonrío al escucharla. Parecía resumir algo concreto, profundo y bello que nos unía a ambas.
- La maldad para buena parte de la gente tiene que ver con cierta resistencia al orden. Con una deliberada necesidad de contradecir lo que se supone está bien. O lo que debería encajar en tu vida. Así que cuando todo el mundo actua de la misma manera, se compromete a esa "bondad", a ese hacer de todos los días que forma parte del lugar donde naciste o del momento histórico que te tocó vivir.
- Pero una bruja no lo hace - inquirí. Bisabuela levantó la rosa para mostrarmela.
- Hace seis siglos, la Diosa sin nombre, la Dama del Bosque, fue proscrita por la Iglesia Cristiana. Arrancada de sus altares en las montañas y bosques. Llamada maligna por pertenecer a una creencia que el cristianismo intentaba erradicar. Pero buena parte de sus fieles devotos, de los que habían celebrado los ciclos de Luna y Sol, los que escuchaban con atención a la naturaleza, se negaron a abandonar los viejos ritos. Se rebelaron, contradijeron a la Todo poderosa Iglesia. Algunos a costa de su vida.

Apretó la rosa entre los dedos. Lo hizo con un gesto lento, casi languido...pero supe que era doloroso. Las espinas de la rosa se le clavaron en la palma de la mano. Noté como la madera jugosa se hundía un poco en la piel blanca de mi bisabuela, presionado con delicadeza. El gesto me pareció significativo, extrañamente bello. Aunque no entendía por qué.

- La Iglesia erradicó el culto, pero no la fe. Y la Rosa, se convirtió en simbolo de la Diosa, la venerada, la misteriosa, la muda. La que debía ser ocultada. Sus creyentes miraron a las rosas y recordaron el acto de parir y esa fragancia eterna de la mujer que crea vida. Así que se convirtió en su simbolo. Una mujer que llevaba una rosa en el cabello, era sin duda una mujer rebelde, una mujer que se enfrentaba al dogma.
- Una bruja - completé, fascinada. Bisabuela sonrío. Un gesto leve y malicioso que me encantó.
- La bruja y la brujería son sinónimos de pensamiento independiente. De poder construir un pensamiento privado que no necesariamente deba coincidir con lo que te rodea. Y claro, eso te hace rebelde. Eso es peligroso. Un símbolo, como la rosa.
- Y te hace...malvada - dije. Pero esta vez comprendí el principio de la idea, de lo que parecía ocultar. Bisabuela abrió la mano y se miró las marcas rojas que le había dejado las espinas del tallo. Algunas sangraban.
- Te hace fuerte. La maldad es una opinión moral. Y cada quien tiene el derecho a tener una. La bondad también lo es, pero cambia según tus expectativas e ideas. Ser bueno, es simplemente ser todo lo fiel que puedas a tus ideas. A tus sueños. A tu capacidad para ser tu misma. Una promesa de absoluta individualidad.

Dejó caer la rosa al suelo. Los feos pétalos enormes flotaron en la hierba mal cortada y brillaron como tocados por un rayo del sol carmesí. Pensé en la magia de las pequeñas cosas, en las grandes proezas que hacemos todos los días sin saberlo. Y que quizás, si era una bruja después de todo. La idea me hizo sonreír.

- La bruja es un secreto. Una forma de sonreír. Una manera de crear. No olvides - dijo mi bisabuela echando a caminar por el jardin.

No lo olvide. Lo recordé al día siguiente cuando dibujé una rosa en mi cuaderno luego que una monja me castigara por hacer preguntas. Lo recordé años después, cuando vencí mi natural timidez, argumentando en voz alta mis ideas. Y lo recuerdo a diario, mientras pienso en el poder de crear y construir, de soñar y elevarme por encima de mis dudas. Esa furiosa rebeldía del sobreviviente. Esa enorme capacidad para mirar a las estrellas que te brinda una mirada asombrada al mundo. Ese comprensión del poder de tu espíritu.

La sonrisa de la bruja a fuego en los pétalos de una rosa olvidada. Una manera de concebir la esperanza.

1 comentarios:

Raul Zavala dijo...

Sorprendido que hoy domingo 15 este post haya llegado a mis ojos. El día en que fue publicado yo analizaba sobre la importancia y origen de los conjuros. Decía que la magia es aquello que la ciencia aun no puede (quiere) explicar. Una historia digna de replicarla. Atte: @Zavala_Ra

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