lunes, 7 de julio de 2014

Proyecto "Un autor cada mes": John Maxwell Coetzee






En todas las novelas de John M. Coetzee, hay un ambiente claustrofóbico, una durísima sensación de encierro y aislamiento interior que suelen sorprender al lector. Mucho se ha dicho sobre su visión del mundo extrañamente dura, la parquedad de su lenguaje, pero sobre todo, la labor casi arquitectónica de dotar a relatos mínimos con un poder de evocación sobrecogedor. Y es que Coetzee como contador de historias pero más allá, como un crítico observador de la realidad, encuentra en la frugalidad, en las palabras precisas, en esa sequedad casi mecánica de sus narraciones, una manera de dibujar un mundo frío, cruel. Un desapego intelectual y emocional con que el autor ha construído una percepción alternativa de lo que conoce y lo que cuenta. Pero también sobre lo que sueña.

De Coetzee se ha dicho de todo: como autor se le considera un raro ejemplo de frugalidad, de un estilo tan depurado que en ocasiones resulta cruel y doloroso por el simple hecho de no brindar concesiones. Y es que Coetzee, como narrador y también como intelectual, tiene esa capacidad simple de simplificar ideas complejas sin que pierdan en absoluto su poder. Una conmovedora reflexión del mundo que se mira a través de otro o que en todo caso, es un reflejo de la mirada ajena. Tal vez por ese motivo, en casi todas sus narraciones, las miradas de los personajes actuan como una línea horizontal que conduce al lector hacia los detalles infímos pero trascendentales de lo que se cuenta. En "Desgracia" la palabra "Ojos" parece contener el dolor abrumador de sus personajes y en sus autobiografías - retocadas y adulcoradas, pero aún así durísimas - la mirada de Coetzee lo resume todo, lo sintetiza bajo una dolorosa conclusión de valor y temores que no termina de encajar pero que aún así resulta brillante.

Coetzee demuestra en cada una de sus obras, que la narración - ese capacidad suya para desmenuzar la realidad en escenas magnificas - no está reñida ni mucho menos enfrentadas a su actividad - y personalidad - como intelectual rebelde. El autor es uno de esos raros ejemplos, en que la visión del escritor no sólo abarca  lo que asume como verdadero, valioso y real, sino que además construye un juego de símbolos y valores a través de esa interpretación. Desde construír historias de una crueldad inusitada, hasta el análisis depurado como ensayista y teórico, Coetzee continúa mirando, con atención y cierta saña, el mundo que lo rodea. De hecho, Coetzee combina ambas perspectivas - la del narrador y el intelectual - para crear una tercera vertiente, una expresión de la literatura a medio camino entre la ficción pura y algo más brumoso, pero igualmente efectivo. Con un pulso narrativo impecable, Coetzee encuentra que la ruptura entre el supra análisis y el metamensaje, puede concebirse también como una forma de ficcionar la realidad, de recrear los extremos de lo que no ocurre dotándolo de un filón real inexcusable. Tal vez por ese motivo sus biografias han sido comprendidas desde extremos opuestos de lectura: se le ha críticado, desdeñado y también admirado por igual. Sin embargo, algo queda claro ante cualquier texto de Coetzee: le basta una palabra, una conclusión para abarcar, casi de manera inquietante, la condición humana en nuestro tiempo.

Tal vez por ese motivo, a pesar de la complejidad de sus planteamientos, de su aguda y certera interpretación de lo cultural, Coetzee se considera así mismo un hombre sencillo. Lo ha insistido en todas las ocasiones en que ha debido explicar esa precisión casi hiriente de sus textos, esa estética marchita, helada y mortífera de sus historias. Probablemente sea cierto: austero, poco locuaz y sobre todo, con esa tendencia a la introspección de los grandes observadores, la labor literaria de Coetzee tiene mucho que ver con esa necesidad suya de abrir las costuras de lo que se considera absoluto. Ya lo decía el 31 de mayo de 1975, en una nota apresurada en un cuaderno de notas que después recuperaría para sus autobiografias "Sudáfrica no se encuentra formalmente en estado de guerra, pero es como si lo estuviera".  Esa conclusión del presente traspuesto, de la atemporalidad que se entrecruza con la realidad es quizás lo que hace la obra de Coetzee tan angustiosa como desconcertante. Sin lugar ni tiempo, Coetzee desmenuza lo que narra a través de símbolos y más allá, se atreve a lo impensable para otros escritores: cuestionarse sobre el papel sus propios motivos, como si no tuviera seguridad de ninguna de ellas. El cuestionamiento a cada palabra. Y no deja de insistirlo, con esa sobridad suya que podría pasar por atemorizante de no ser tan sencilla: Coetzee se asume muerto, aunque no lo esté. Pendula de un lado a otro entre la uniformidad de la vida que transita y de la que escribe. Muy probablemente por esa razón, la tercera parte de sus memorias ha sorprendido - e inquietado - a propios y extraños: convertido en biografo de si mismo, atravesando la muerte aparente - que no llega, no sucede, no se cuenta, pero se percibe - el autor  se dedica a entrevistar a algunas personas que significaron algo en la vida del escritor durante aquellos años de la guerra que no existe, pero que es. En una muerte que se sugiere pero no es real. Un juego de espejos tan complicado como prolífico.

Se ha dicho muchas veces que Coetzee se considera así mismo una anecdota en medio de sus novelas, ensayos y lúcidos planteamientos teóricos. Y tal vez sea cierto: nada sorprende más que esa obsesión del autor por formar parte marginal de sus novelas, incluso las más personales. Una sombra que evade características, que persevera en su intento por no existir. En su novela autobiográfica "Verano" , no sólo el recurso ya es no sólo evidente sino necesario para comprender la lírica misteriosa de la historia, sino que además, construye un andamiaje sustancioso para mirar su propia vida como otra pieza literaria. Desde la melancolía de una juventud desarraigada hasta sus relaciones familiares, Coetzee cuenta su vivencias con un profundo distanciamiento que a pesar de todo, no le resta capacidad para conmover. Un intruso que se mueve en espacios interiores con la gracilidad de una pesadilla demasiado real. Una visión onírica dentro de otra, para acabar formando una estructura infinita e indescifrable de lo autoreferencial.

Pero con Coetzee nada es sencillo: tal vez por eso, luego de sus recrear sus memorias y realizar diversos experimentos narrativos con mayor o menos éxito, retomó casi de manera sorpresiva esa visión - de nuevo la necesidad de observar, de manera obsesiva la realidad - con la desconcertante novela  «La vida de Jesús», obra criticada hasta la hastío y criticada por revisionista, pero que aún así, demuestra que Coetzee aún puede sorprender y desconcertar. Porque aunque el autor regresa otra vez a la pesadilla Kafkiana y burocrática que tantas veces reflejó en sus novelas, esta nueva visión narrativa construye otra cosa, una mirada diferente a lo simbólico y poderoso de su obra.


De nuevo, Coetzee juega con sus metáforas habituales, pero como en otras ocasiones, plantea la misteriosa disyuntiva del ser y del no ser. Porque quizás el escritor no sólo intento crear un nuevo paraje anecdótico donde habitaran sus criaturas burlonas, cínicas y turbias, sino que en esta ocasión, dar un sentido - ¿tal vez conclusivo? - a su extensa obra. Y es que Coetzee jamás se detiene en el cuestionamiento, en replantearse, entre fragmentos de visiones y elocubraciones sobre el espacio tiempo, una idea que parece surgir con mucha frecuencia en sus novelas, ensayos y en realidad, en casi toda su producción literaria: ¿Quién soy? ¿A donde me conduce esta desconcierto existencial tan duro como elemental? No brinda la respuesta el propio Coetzee, tampoco parece querer hacerlo. En sus obras, palpita ese vacio inestimable del ser, del yo fugitivo que huye una y otra vez de lo que se espera, de lo que no se ve y lo que se admite como real. Un parpadeo confuso entre cientos de imagenes sugeridas que no terminan de encajar. Quizás, interpretado de esa manera, asumida la obra del autor desde esa óptica, pueda pensarse que la obra de Coetzee es una búsqueda incesante de una respuesta existencialista que en realidad no importa demasiado. Un chiste brillante, como ha llegado a decirse y que sin embargo, no busca en sí misma nada revelador.

Con toda seguridad, el propio Coetzee lo sabe: quizás en un chiste privado pero no por eso menos inquietante escribe en "La vida de Jesús" una frase que parece resumir no sólo su visión literaria sino algo más al fondo y sin duda más intimo "Si se trata de una broma, es una broma muy profunda", advierte y nos advierte el casi a disgusto evangelista Simón. Una interpretación paradójica de esa necesidad de Coetzee por la verdad y más allá, de su necesidad de ocultar lo que mira - observa, analiza -  bajo esa doble visión suya que termina creando una otra realidad.

¿Quieres leer las obras completas de John M. Coetzee en su formato Digital? Déjame tu dirección de correo electrónico en los comentarios y te las envío.

9 comentarios:

Oscar dijo...

Hola Aglaia, gracias por la información y el querer compartir las obras de este Autor Sudafricano, premio nobel de Literatura 2003, con gusto te dejo aquí mi dirección de correo (ohernandez.vera@googlemail.com) de nuevo gracias.

Indigente Iletrado dijo...

¡Gracias!

indigenteiletrado@gmail.com

Por cierto, siempre te leo.

Sergio Rojas dijo...

rojasergio6@gmail.com

Sergio Rojas dijo...

rojasergio6@gmail.com

Nicolás Escobar dijo...

Excelente!!! nicotep@gmail.com

Saul Vazquez Sanchez dijo...

Gracias por introducirme a un nuevo autor. Saulo_05@hotmail.com

Saul Vazquez Sanchez dijo...

He intentado dejar mi mail durante tres días. A ver si este es el bueno.
saulo_05@hotmail.com

Carolina Vega Miltos dijo...

carolinavega7@gmail.com

Carolina Vega Miltos dijo...

Me encantaria recibir: carolinavega7@gmail.com

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