jueves, 24 de julio de 2014

El país desconocido o la Venezuela que nadie sueña: Unas reflexiones sobre Bolívar y el Bolivarianismo.




La primera vez que visité la casa natal de Simón Bolivar tenía doce años. Se trató de una de esas visitas escolares, obligatorias y aburridas y recuerdo que, no entendía muy bien por qué debía importarme la casa donde había vivido el gran hombre histórico. Intrigada, admiré los valiosos muebles antiguos que llenaban las amplias habitaciones, las pinturas sobrias mirándome desde las paredes, el aspecto un poco bucólico de la casa con piso de adoquín, tan distinta a la Caracas donde había crecido. Pero aún así, me extrañó comprender tan poco de Simón Bolívar contemplándolas ¿Qué había realmente de Bolívar en los rincones polvorientos? ¿Qué tanto podía comprender sobre el llamado “más grande de todos los Venezolanos” mirando los retazos medio carcomidos de su ropa conservada en urnas de Cristal? Me pareció curioso — con esa inocencia y desparpajo de la infancia — que todo tuviera ese aire monótono de lo general, de lo que carece de nombre y sustancia. ¿Donde estaban los libros de Bolívar? ¿Donde estaban sus papeles escritos? ¿Las pequeñas cosas que de verdad creaban y construían la vida de alguien más? Mi maestra de por entonces, una ferviente admiradora de Bolívar y sobre todo, una convencida Boliviariana — lo que sea que quiera decir ese término — pareció escandalizada de lo que llamó mi “irrespetuosa opinión” sobre un tema tan importante como la vida del procer patrio.

— Bolívar es el símbolo de todo lo que podemos ser — me reclamó — su casa y sus posesiones son parte importante de país, de la identidad del Venezolano.

— ¿Por qué? — pregunté un poco asombrada. Miré a mi alrededor con los ojos muy abiertos, intentando encontrar en algún lugar de la amplia casona,  algún elemento que pudiera hablarme sobre Bolívar, el Bolívar real, el que deseaba entender. Pero no había nada. Los muebles podrían haber pertenecido a cualquier parte. Los cuadros no me decían gran cosa. Para mi maestra, mi indiferencia resultó casi ofensiva.

— Que poco quieres a tu país — me dijo en voz baja y decepcionada — Aquí nació lo que es ahora mismo Venezuela.

Me avergoncé, como podría avergonzarse cualquiera a mi edad después de semejante reprimenda. Me quedé de pie en una esquina, mirando a los grupos de curiosos contemplar los cuadros, muebles, las pequeñas joyas de familia. Ya por entonces, tenía una desaforada imaginación y no me costó mucho, imaginar a ese Bolívar niño y hombre, caminando de un lado para otro, siendo un hombre antes que mito histórico. Pero aún así, continuaba preguntándome por qué no había un lugar que brindara homenaje a sus ideas, antes que a su vida. Claro que, esas eran ideas muy complejas para una niña de mi edad y no supe expresarme bien. Tenía la confusa sensación que me estaba comportando de manera irritante, con esa necesidad mia de buscar al Bolívar real, al hombre que había tenido miedo, angustia y dolor, antes de comprender al Bolívar símbolo, que no me decía gran cosa. Preferí entonces callarme, aturdida y pesarosa, tratando de entender que me ocurría.

Me detuve frente a uno de los cuadros que mostraban a Bolívar. Era una miniatura poco conocida, colocada casi como al descuido en una de las paredes interiores de la enorme casona. Quizás, porque la pintura no mostraba al Bolívar heroíco y altivo que insistía mi maestra, que parecía llenar cada rincón del lugar, sino a otro mucho más frágil. Un hombre delgado, de aspecto severo, con un pequeño bigote oscuro y ojos penetrantes. Me pregunté quien habría sido detrás de ese rostro adusto, esa expresión levemente irritada. Recordé que en una ocasión había leído, que era un hombre impaciente, de voz estertórea, casi violento. Un hombre que a fuerza de voluntad y empeño había liberado a Venezuela del yugo Español. Y también, que era un espíritu cultivado que disfrutaba de la lectura y también del arte. Me intrigó pensar que había escuchado sobre Bolívar prácticamente durante toda mi vida, no tenía idea en realidad de quien era este hombre, que simbolizaba lo mejor y quizás lo peor de nuestro país.

Y es que me educaron “Bolivariana” como muchos otros Venezolanos. Desde muy niña se me intentó inculcar una veneración casi sacramental por la figura de Simón Bolívar. Se me insistió, una y otra vez, en la grandeza de sus actos, en lo asombroso y épico de su gesta. Se me enseñó — casi a la fuerza, en esa repetición superficial que requiere en dogma — que no solo le debíamos la Libertad, sino lo esencial del gentilicio. Una visión a la Venezuela patriota, la militarista. La de Capitania General de Venezuela, construida a base de la convicción del poder de las armas, de la lucha armada y del poder del fuego como único argumento posible. Pero para mi, eso jamás fue suficiente. No lo fue seguramente, por el simple hecho que esa visión del Bolívar leyenda, el mítico, el inalcanzable, carecía de verdadera sustancia. Un rostro de nuestra historia que parecía modelado por obra y gracia del cincel de los halagos, la idealización e incluso, el disimulo. Una imagen irreal de esa visión patriotica del pasado que parecía no obstante, encontrarse incompleta, agrietada. A medio construir.

Tal vez por ese motivo, leer a Rufino Blanco Fombona me desconcertó y me cautivó. Luego de leer por años textos adulcorados, adulantes y hasta engañosos, encontrar a un historiador capaz de hablarme del Bolívar real resultó un verdadero alivio. Para el Historiador, Bolívar — o mejor dicho, su figura histórica — era un hombre de su tiempo, un personaje con fallos y blanduras que se encargó de describrir con mano crítica y mejor criterio. Me emocionó que a diferencia de tantos otros libros, de esa intento torpe de construir un héroe a la medida de la necesidad cultural que tanto había empañado la figura de Simón Bolívar, Fombona intentaba mostrarlo humano, falible, reconocible comprensible. No solo como un fiel exponente de una época de transición entre lo tradicional y lo liberal, sino algo más intrigante: el Bolívar oculto. Y fue gracias a Fombona que comprendí que Bolívar más que un símbolo, era una figura intermedia entre el mito y la conveniencia histórica. Una visión ideal de la leyenda utópica del “Hombre fuerte” que Venezuela cultiva con tanta frecuencia y que cimenta el mito del poder armado, del militar invencible, de la Figura todopoderosa que esgrime la palabra como un arma.

Pensé en esas cosas, otra vez de pie frente a la pintura de Bolívar que tanto me había intrigado de niña. Habían transcurrido unos dos años desde que la había visto por primera vez y volvió a intrigarme su sencillez. Ese Bolívar de rostro delgado, casi juvenil, con el cuello de la camisa rozandole la barbilla afilada. El bigote de muchacho cubriéndole la boca apretada. Recordé lo que Fombona había dicho sobre el hombre Bolívar, el real: la vida “galante, disolluta, frívola, volteriana, y el ser dueño de un mayorazgo” que llevó durante las primeras décadas de su vida. Un “blanco criollo” muy consciente de su importancia, de su peso y valor dentro de la restringida sociedad caraqueña de su época.

Y es que Bolívar, el hombre, parecía muy lejos de esa noción del héroe militar que al parecer era tan necesaria para la historia Venezolana. Leyendo a Fombona, comprendí que el Altar del mito tenía algunas grietas, algunas tan profundas como desconcertantes, pero quizás imprescindibles para comprender al Bolívar símbolo. Una visión del país que parecía confundirse con esa necesidad insistente de convertir el poder en un puño que se esgrime antes que una mano que escribe, que enseña, que muestra. De pie, frente a la pintura de ese Bolívar desconocido y discreto, me pregunté por qué conocíamos tan poco de la realidad del hombre que había sido. Una versión de la historia marginal, desconocida, anónima.

— Venezuela está profundamente obsesionada con los lideres poderosos, los fuertes, los violentos, los jerarquicos — me explicó J., mi profesor de historia de noveno grado cuando le expliqué mi preocupación — Simón Bolívar no sólo representa el líder histórico que Venezuela necesita sino también, el único que puede sostener la visión cultural que el país tiene sobre si misma. Entre ambas cosas, hay una diferencia apreciable y preocupante.

— ¿El Bolívar que fue real y el que se lee en los libros? — pregunté.

— O mejor dicho: La manera como quieren que mires al país y como realmente es.

Anoté sus palabras para meditarlas después. Eran ideas totalmente nuevas para mí, asombrosas. La noción de un Bolívar que pudiera sostener la história oficial — la que se cuenta, la que llena los libros, la que se repite con insistencia — me inquietó pero también me pareció lógica, en esta Venezuela adolescente que construye sus propios mitos. Y es que Bolívar, el heroíco, a lomos del caballo blanco, liberando las Americas espada en Mano, es una imagen mucho más sugerente y extraordinaria que la de un hombre real, con pasiones y dolores como cualquier otro. Pero más allá, la imagen del Bolívar histórico, con espada, Uniforme militar, espada en mano, sugería algo mucho más profundo — y preocupante — sobre Venezuela, una interpretación mucho más inquietante y quizás dolorosa sobre el nuestra noción como país. El país de las luchas y los enfrentamientos, el país de los sables, la violencia, las larga sucesión de campos de batallas. ¿Y las ideas? ¿Y los ideales? ¿Y la sensibilidad? ¿Y el poder de la palabra y la profunda humanidad? ¿Donde encajaba eso en esta visión del país que representaba un guerrero espada en mano? ¿Cual era la metáfora que representaba este Bolívar libertador bajo el auspicio de la lucha del país real?

Me obsesioné entonces por buscar otro tipo de héroes, por rebuscar entre las páginas de los libros de historia otra versión de Venezuela, la que deseaba escuchar. Me alejé de manera consciente de esa memoria compartida, donde el sable, la espalda, la sangre y la bala son el símbolo de la construcción de algo trascendental. Y es que asumí, quizás por necesidad de ese gentilicio que se lleva a todas partes, de ese país intimo que se esgrime como herencia, que debía de existir otra Venezuela. Una que yo pudiera entender, otra mucho más profunda que esa necesidad histórica por el fragor de la lucha y el poder asumido.

De manera que descubrí a los héroes de la palabra. A Miranda, que insistía en que prefería los Manicomios y los cementerios por recordarle la importancia de la cordura y de la vida. A Don Andrés Bello, creador y símbolo de la América culta, la que se comenzó a reconocerse así misma a través de la palabra. Incluso a Don Simón Rodriguez, olvidado la mayoría de las veces, ilustre heraldo de lo humilde. Porque para mi, el gentilicio se construye a través de las ideas, se exalta en el reflejo de lo mejor, lo intangible, lo espiritual, lo intelectual. Y no es que no aprecie a Bolivar, no es que no forme parte de la manera como asumo el país, pero sin duda no define al país al que creo. No define a la nación que estoy convencida podemos ser, no forma parte del ideario de los que construyen y crean el futuro a partir de los argumentos y el poder de las ideas.

¡Y que descubrimiento fue ese! ¡Que extraordinaria convicción que Venezuela era algo más que una noción patriotica! ¡Que extraordinario fue imaginar otro país construído a base del poder del pensamiento, de la profunda necesidad de asumirnos como una circunstancia histórica intelectual, poderosa! Otro país entre las páginas de un libro. Otro país donde Reveron pinta con flores enredadas en la barba. El país donde Salvador Garmendía sueña, donde Eugenio Montejo creó poesía y belleza. El país de Manuel Cabré, el país que narrado por Uslar Pietri. Un país posible. Un país con héroes de la Pluma, con los esforzados que miraron Venezuela más allá de la sangre derramada y la insistencia del héroe que empuña el arma. Y decidí — quizás porque fue inevitable otra cosa — quedarme con esa Venezuela de sueños y esperanzas. El país de los discretos y los locos, con los que quise quedarme para construír la sonrisa del gentilicio. A mi déjenme con los que como Rómulo Gallegos, soñaron despiertos con una Venezuela amplia y educada, con los Jóvito Villalba, que saben los peligros del poder. A Mi déjenme con los que crean, construyen, dialogan, se esfuerzan, se comprometen por la construcción del futuro, por soñar con un ideal. Porque el país que sueño es tricolor, del verde de Ávila y Canaima, con cielos azules radiantes y Venezolanos sin diferencia.

De pie, otra vez, frente a la pintura discreta de Bolívar. ¿Cuantos años han transcurrido ya desde que la vi por primera vez? No lo recuerdo. Aún sigo sin saber quién es su autor o porque, continúa allí perdida, en una habitación polvorienta de la casa natal del gran Hombre. Pero su expresión callada, concentrada y sin embargo, casi vulnerable en su humanidad, pareciera simbolizar esa dicotomia entre el hombre y el mito. El Bolívar que Venezuela construyó a su medida y el real. El hombre de carne y hueso y esa imagen suya que creó esa necesidad tan Venezolana de reivindicar a través de la violencia. ¿Quienes somos? ¿Cómo nos comprendemos? ¿Cómo nos miramos en el reflejo de la historia?

Creo que nadie tiene respuesta para preguntas semejantes, pienso. O nadie tiene verdadero interés en responderlas. Al salir de la pequeña habitación, me tropiezo con un niño que mira a su alrededor deslumbrado por el esplendor un poco anciano de la antigua casona. Con los ojos muy abiertos, asoma la cabeza para curiosear el lugar donde me encontraba. Después sonríe, una amplia sonrisa desdentada.

— ¿Qué hay allí? — me pregunta.

— Un Bolívar que nadie conoce — le aseguro. El niño parpadea y luego entra a la carrera para mirar el cuadro. Y allí permanece unos minutos, quizás desconcertado de ese rostro delgado, juvenil y casi vulnerable, tan distinto al otro que ha visto en los libros. Lo observa y me pregunto que pensará, luego de años que el gobierno de turno explota la figura de Simón Bolívar a conveniencia, de crear un mito a su medida. No lo sé, me digo mirando al niño aún de pie frente a la pintura. La observa, con la cabeza ladeada y esa curiosidad me brinda algunas esperanzas.

A veces pienso que quizás debería celebrar el del Bolivar histórico, a la manera en que tanto se me insistió debería admirar al Gran Prócer y nunca pude hacerlo. Pero luego decido, que quizás mi manera de homenaje sea imaginarlo así: humano, falible, real, de carne hueso. Y eso sin duda, es mi mejor celebración: Porque me proclamo creyente en ideario de un líder que soñó en la Venezuela Posible, en la Venezuela admirable, en la Venezuela real, construida como un sueño que heredar. Porque Bolivar, libertador por perseverancia, Dictador por necesidad, lucho en el campo de Batalla, pero sigue siendo parte de toda esa multitud de rostros militares que llenan el panteón histórico nacional. Y es que este país nuestro, tan disimil, tan heredero del dolor, aún necesita mirarse en un reflejo mucho más real y profundo de si mismo. Un país de ideas en lugar de armas.

La Venezuela donde nazca la verdadera #RevolucionDeLasIdeas

1 comentarios:

Fabio Canon Aguilar dijo...

"Porque para mí, el gentilicio se construye a través de las ideas, se exalta en el reflejo de lo mejor, lo intangible, lo espiritual, lo intelectual. Excelente concepto sociológico: parece que la iconografía histórica de Simón Bolivar ha sido sometida a su entendimiento, solo a través de la relación 'sociedad- nacionalismo militar'. Gracias por compartirlo.

Publicar un comentario