lunes, 24 de febrero de 2014

Todos los rostros de un rompecabezas llamado Venezuela.





Siempre he sido una gran observadora, tal vez porque mi capacidad de asombro es casi ilimitada. Disfruto de una curiosidad ilimitada por todo lo que ocurre a mi alrededor: me gusta hacer preguntas, investigar, analizar,  comprender lo que ocurre en todas sus perspectivas. Es una especie de necesidad profunda de asumir que la realidad está construida a través de pequeños trozos de opiniones, escenas que se entremezclan entre sí para crear un paisaje de la realidad mucho más profundo que una simple visión general. Una visión compleja de la realidad.

Tal vez por ese motivo, durante las dos durísimas e intensas semanas de luchas políticas, he recopilado, poco a poco y casi por casualidad, una serie de historias sobre lo que hemos vivido que de alguna manera resumen esta experiencia social tan desgarradora y dolorosa, que dejará cicatrices indelebles en buena parte de quienes somos e incluso en nuestro gentilicio. Una manera de comprender el país desde una perspectiva intima, pero sobre todo dolorosa. Porque más allá de los colores y las consignas, Venezuela es simplemente, nuestra.


12 De Febrero de 2014.

Camino por una avenida concurrida. Un hombre de Uniforme barre los desperdicios. Lo he visto más de una vez. En una ocasión le obsequié un vaso de café y desde entonces me desea amables buenos días. Lo tropiezo sin querer. Me dedica una mirada preocupada.
- Mija ¿Va a marchar?
- Si.
- Cuídese mucho. Los locos andan sueltos.
- ¿Los locos de quién? - no puedo evitar preguntar. Suspira, se seca el sudor de la frente con el antebrazo.
- Los de todos.

13 de Febrero de 2014.

La ciudad parece sumida en la tristeza. En la Panadería donde cada día compro pan y un poco de queso, hay rostros preocupados y tensos. Una mujer llora en una mesa apartada. No sé porque lo hace. La miro todo el rato. Es joven, unos cuarenta y pocos. No lleva ningún emblema reconocible de partido político alguno. Solo es una mujer que llora, en público, con esa libertad del doliente. Cuando se levanta y se va, la miro alejarse, con los hombros encorvados. Me pregunto si será el deudo de alguna victima, la pariente de algún herido. Lágrimas anónimas.

14 de Febrero de 2014.

Escucho las detonaciones de las bombas lacrimogenas en la calle. Acurrucada en la oscuridad, la escena tiene un poco de irreal. Hay una confusión de sonidos más allá de la ventana: Cacerolas, alarmas de automóviles. Escucho a alguien gritar: "No son las bombas, es el gobierno lo que no me deja respirar".

15 de Febrero 2014.

En el autobús donde voy, alguien cuchichea sobre lo que ocurre. Critica a los estudiantes que protestan. Le llama revoltosos, niños "riquitos". El estridente sonido de la radio ahoga la voz, pero de vez en cuando, se escucha el murmullo indignado. Me vuelvo para mirar: el que habla es un anciano de melena cana y hombros encogidos. La ropa sucia, un bastón descascarado en la mano.  Parece tan abrumado como torpe. Una victima más de toda la confusión que diariamente soportamos.

16 de Febrero 2014. 

Me encuentro en la fila para entrar al Supermercado. Me rodean solo rostros tensos. De pronto, en un impulso que no sé de donde me viene, me salgo de la fila. No sé que me alteró tanto, que me enfureció de esta manera, pero me niego a continuar aceptando la idea en general de la escasez con resignación. Prefiero no llevar los productos por los cuales debo hacer fila y me dedico a buscar cualquier otro. Camino por los pasillos vacíos, con los puños apretados de furia. Una mujer me mira desde la fila. Después otra. Al final, cuando me acerco a la caja con dos cajas de cereal y una bolsa pequeña de frutas, son siete las personas que abandonaron la fila. Solo nos miramos. Nunca nadie dijo nada en voz alta.

17 de Febrero 2014.

De nuevo, detonaciones de lacrimogenas. Esta vez, me encuentro en la terraza de mi edificio, cacerola en mano. El humo tóxico se esparce por la calle hasta cubrirla entera. Todo se vuelve opaco e irreal. Desde mi privilegiado punto de observación, miro a los manifestantes espontáneos correr de un lado a otro. Hay gritos, automóviles desviándose. Más allá, en la invasión a dos cuadras de mi casa, veo a dos a una mujer acurrucarse en una esquina del improvisado techo que armó con zing, cubriéndose las manos de la cabeza. A su lado, hay un niño pequeño y un hombre que la abraza. Siento una insoportable tristeza.

18 de Febrero 2014.

Durante días, me he dedicado a recopilar lo que ocurre en una improvisada cronología. La imprimí y fotocopié para entregarla a todo el que me extienda la mano y quiera saber que ocurre. E incluso el que no lo hace. Salgo a la calle y dejo el improvisado volante en kioskos, bancos de plaza, sillas de café, las puertas de restaurantes y otros establecimientos.  Todos la reciben con cierto escepticismo, luego la leen con algún sobresalto. Sigo entregando volantes hasta que me quedo con las manos vacías. Cuando regreso a mi edificio,  encuentro un cartel colgado con un trozo de cinta adhesiva en la reja de entrada: No lo he hecho yo pero es mi cronología. Abajo alguien escribió a mano: "Libertad es información oportuna".

19 de Febrero 2014.

Lloró acurrucada contra la pared interior de mi edificio. Hay cinco vecinos conmigo. Afuera, se escucha una batalla campal de bombas lacrimogenas, disparos y detonaciones que no reconozco. A unos metros, se está quemando un montón de basura y el humo nos asfixia. Me cubro la cabeza con los brazos, trato de conservar la calma. Pero no puedo hacerlo. El llanto me corta la respiración, tengo tanto miedo que apenas puedo pensar con claridad. De pronto se me ocurre que podría morir. Un pensamiento sencillo, frágil. Sin peso. Lo sigo pensando cuando finalmente me atrevo a correr al interior de mi edificio. Lo sigo pensando cuando me refugio en mis cuatro paredes privadas, temblando de un horror que no sé muy bien como afrontar. Lo pensaré esa noche, en el insomnio, con los ojos muy abiertos en la oscuridad.

20 de Febrero 2014.

Mi calle tiene un aspecto desolado. Hay montones de basura humeante, trozos de madera rotos, vidrios, algo que parece metal retorcido. Pero en la Plaza unos metros más allá, juega un grupo de niños. Y ríen. Ríen a pesar del luto, del dolor, de la angustia. Se arrojan pelotas, gritan alborozados, corren de un lugar a otro. Unos cincuenta metros más allá, hay una tanqueta detenida. La normalidad desconcertante, un país de pequeños trozos de realidad que no parecen encajar en ninguna parte.

21 de Febrero de 2014.

Uno de mis vecinos militares aguarda el ascensor junto con un grupo de vecinos. Todos lo miramos fijamente, en silencio. La tensión se enerva, se encrespa. Es casi asfixiante. Poco a poco, el grupo parece aumentar: Somos los mismos de siempre, los vecinos que nos tropezamos a diario en cualquier lugar. Los que comentan el clima, los que se quejan de los pequeños problemas. Ahora solo miramos. El militar, aún de Uniforme y con las manos apretadas a los costados, jamás levantó la cabeza.

22 de Febrero de 2014.

El Mercado de Quinta Crespo bulle de vida: Al margen de todo lo que ocurre en el país, la cotidianidad de un lugar tan emblemático parece no detenerse nunca. Todos los puestos están abiertos, algunos bien surtidos, otros con pocas cosas que ofrecer. Una buena cantidad de  Un grupo de mujeres cargan con bolsas de papel de baño y Harina precocida. Una de ellas se detiene, se seca el sudor de la frente con el brazo. La niña que le acompaña, le ayuda como puede con los paquetes. Parece ofuscada por el bullicio, la multitud y el aire de desorden que reina a su alrededor.
- ¿Por qué te llevas tanta Harina Pan? - pregunta en voz alta. La madre toma las bolsas, la empuja para que eche a caminar de nuevo.
- Porque no sabemos cuando no podamos comprarla ya.


23 De Febrero del 2014.

Junto al kiosko donde compro el periódico cada domingo, hay un hombre de pie vestido completamente de rojo y ondeando una bandera nacional. Todos lo miran entre irritados y asombrados. Finalmente, no puedo contener mi curiosidad y me acerco a donde se encuentra. Cuando le pregunto que hace, se quita la gorra que lleva y me mira muy serio.
- Defiendo la Revolución, mija - me responde. Es un hombre mayor, alrededor de unos sesenta bien llevados o unos cincuenta muy heridos. Cualquiera sea la respuesta, tiene una expresión exhausta y un poco triste. Le extiendo una barra de chocolate que compré junto al periódico y la acepta con una sonrisa.
- ¿No está muy tempranito para eso? - digo. Se encoje de hombros.
- Esto es de todos mija, alguien lo tiene que defender.


Un país a pedazos mal encajados. Una visión de la realidad que se confronta, que parece no encajar en una visión concreta. ¿Quienes somos? Me pregunto con frecuencia, rodeada de pequeñas historias sin respuesta, que parecen ser solamente simbolos de una idea de país desconcertante. ¿A donde nos dirigimos? Probablemente por ahora nadie pueda responder esa interrogante. Y esa incertidumbre quizás, es lo más doloroso en medio de este caos habitual que se nos hizo parte de la cotidianidad.

C'est la vie.

1 comentarios:

John Marshall dijo...

Brutal Agla…me gustó!

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