miércoles, 5 de febrero de 2014

Del renacer de la conciencia: ¿Por qué hacemos buenas acciones? La bondad, la maldad y otros dilemas morales.





Todos los días, mi amiga K. baja a la calle frente al edificio donde vive y alimenta a una camada de gatitos que abandonados. Lo hace de madrugada,  antes que sus vecinos puedan reclamarle "el atrevimiento" y a riesgo que la inseguridad caraqueña le cobre caro el atrevimiento. Pero para K., alimentar a los gatitos es una responsabilidad que asumió sin que nadie se lo pidiera, sin que mediara algún razonamiento que pudiera, para bien o mal, convencerla que debía hacerlo. Lo hace por satisfacción propia, por esa visión del mundo ideal que la ha impulsado desde niña e incluso, como una forma de crear su concepto del bien.

Lo mismo ocurre con J., quien cada día ayuda a cruzar la calle a una ancianita con bastón con la que suele coincidir en una Plaza cerca del barrio donde vive. Hace unos tres meses, J., se tropezó con la mujer, a quien llama "abuelita" y escuchó su historia: Necesita acudir cada día al dispensario más cercano para recibir su dosis de insulina. Vive sola desde que enviudó en una casa pequeña y destartalada, de manera que J., decidió acompañarla cada mañana, antes de ir a trabajar, al modulo médico que se encuentra al cruzar la transitada avenida donde ambos son vecinos. Me cuenta que no necesita una razón concreta para ayudar. Lo hace porque le gusta escuchar las historias que la anciana le cuenta en el trayecto y compartir con ella un café muy amargo en el pequeño salón de la casa de ella, rodeados de las fotografías de la familia que ya no está y el olor a humedad. Sonríe cuando le digo que es el clásico "buen samaritano".

- No creo, eso es sería enorgullecerme de alguna virtud. No me lleva esfuerzo ayudar a la abuelita, y además, es una manera de reconciliarme con el  mundo - me explica.
- Pero haces mucho más que algunas personas que ni siquiera les parecería deben hacer algo por el prójimo - comento. Se encoge de hombros.
- No juzgo a nadie por no hacer algo en concreto. Tampoco me enorgullezco de tener un gesto de bondad. No hay medias tintas en esto: lo hago porque quiero.

Una idea interesante. La misma que anima a mi amiga K. en alimentar a los gatitos en desgracia, a mi madre a ocuparse personalmente de comprar las medicinas de la señora que limpia la oficina donde trabaja o a mi misma, con mi pequeña cruzada por obsequiar libros a quien era leer. No es una manera de vanagloriarme de mis buenas acciones y creo que nadie que haga una, lo hace por ese motivo. El argumento, parece algo relacionado con un elemento mucho más intimo y preciado. Una idea sobre el bien que se construye todos los días. Una visión personal del bien y del mal.

Que pensamiento curioso, me digo. Lo medito, sentada en el vagón del Metro de mi ciudad. Una buena multitud de usuarios se encuentran de pie, apretados unos contra otros. Una mujer embarazada se tambalea, aferrándose con dificultad a uno de las agarraderas que cuelgan del techo. Miro a quienes están sentados a mi alrededor. Un chico muy joven, de camiseta azul y granos en la cara, finge dormir. Una mujer joven, más o menos de mi edad, clava la mirada en el suelo. Y un hombre mayor, de barba y anteojos, parpadea, mirando a la multitud con la atención del miope. Nadie parece ver a la mujer, con su vientre bien visible y el rostro coloreado de cansancio. No hablamos de educación, ni tampoco de algo tan difuso como principios. Es una idea que parece resumir una cierta empatia, una comprensión de esa convivencia mutua que muy pocos comprendemos a cabalidad.

Cuando me levanto y le ofrezco el asiento a la mujer embaraza, ella sonríe y lo acepta con una expresión de alivio. Ninguno de mis compañeros de viaje me mira. De hecho, el chico de la franela azul hace un mohín y se cubre la cabeza con el sueter de lana que lleva anudado a los hombros. No me molesta. De pie, no tengo intenciones de demostrar una interpretación de la solidaridad o algo así de complejo. Simplemente, asumo mi responsabilidad, me miro en el espejo del otro con una facilidad que me brinda mi necesidad de observar y comprender el mundo bajo un cierto ideal. Pero eso solo me atañe a mi ¿No es cierto? ¿Que sentido tiene el debate insistente de lo bueno y de lo malo si debes convencer a alguien más de tus pruritos y deseos morales? No podría decirlo, pero eso parece ser la intención de la mayoría de quien lleva a cabo una buena acción.

O al menos así insiste  mi amigo P., recientemente convertido en fervoroso creyente religioso. No me molesta su nuevo entusiasmo por los preceptos cristianos, pero si su necesidad de convencerme sobre su idoneidad. Lo escucho en silencio, mientras ambos compartimos un improvisado almuerzo en un pequeño restaurante muy cerca de la oficina donde trabaja.

- Entonces encontraste a Dios - pregunto. Intento no sonar descreída, mucho menos burlona. Y me lleva un poco de esfuerzo: conocí a P., en la Universidad, donde era famoso por su resistencia al alcohol y sus afición por las mujeres. Asumir que ahora se siente redimido de su pasado ruidoso de inocente fiestero gracias a la palabra Religiosa me desconcierta, aunque no me asombra tanto como debería. Supongo que todos buscamos un sentido a las cosas, a ese existencialismo de todos los días que tarde o temprano termina por dejarnos sin un motivo claro para continuar. Para P., el renacimiento en la fe parece ser el suyo.

- Lo dices como si lo dudaras.

- En realidad solo quiero saber como ocurrió - explico en tono neutro - ¿Realmente sientes que debias reivindicarte por qué disfrutabas las fiestas y el buen beber?

No responde. Muerde un trozo de pizza y la mastica lentamente. Le noto un poco azorado, como si la pregunta hubiese tocado algún punto sensible e intenta calmarse antes de responder. Aguardo, sin interrumpir lo que supongo es una personalísima reflexión.

- No exactamente. Pero si brindarle sentido a mi vida - dice entonces. Me sorprende la sinceridad - beber, tirar, estudiar. Todo parecía un ciclo, llegó un punto donde comencé a preguntarme si había algo más, si más allá de todo esa sencillez de la vida como se le observa más allá de cualquier filosofía había significado...

- Y pensaste que podía ser Dios.
- Es Dios.
- ¿Por qué?
- ¿Tienes que preguntarlo? ¡Es Obvio! - sonríe, casi con inocencia - una fuerza benefactora, que te ama y que además, unifica todo lo demás es el sentido a todo lo que vives. Le brinda profundidad a la idea de vivir por vivir.

No sé que responder a eso. Mi amigo me dedica una mirada casi furioso, como si mi silencio le ofendiera.

- Crees que deliro.
- No.
- ¿Entonces?
- Pienso que podrías haber pensando en lo mismo, sin necesidad de apoyarte en la religión - le explico - no creo que necesites una justificación divina para creer que hay algún tipo de conocimiento superior a ti mismo.
- ¡Por supuesto que necesito la religión! - dice - la necesito porque es la manera más sencilla de encontrar una explicación, una idea que lo funda todo en pequeñas lecciones. ¿Te has preguntado por qué el bien y el mal existen? ¿Por qué debes enfrentarte a ambas cosas? Todo tiene un sentido.

Vuelvo a quedarme en silencio. Me siento cada vez más incómoda. Recuerdo a mi amiga K., que con una sonrisa me habla que los gatitos la reconocen y ya bautizó a varios con nombres de sus cantantes favoritos. O al gigante bonachón de J., que camina por la calle con una ancianita desconocida del brazo. Más aún, todos los que de alguna forma y otra, manifiestan la bondad, la maravilla y el asombro de un mundo interconectado y lleno de posibles milagros diminutos. ¿Debe una religión atribuirse el merito? ¿Puede la religión englobar todo tipo de decisiones personales, de visiones del futuro, de preguntas y respuestas hacia quienes somos y lo que soñamos más allá de lo cotidiano. No sé cómo responder a esas preguntas, incluso si tienen respuestas, pero me gusta pensar que mi visión del mundo no es tan simple de analizar como para que pueda resumirse en un dogma.

Por supuesto, no digo nada de eso a P., que continúa explicandome con mucho entusiasmo las maravillas de la religión, la manera como le brindó perspectiva y sustancia a su interpretación del mundo. Entonces llegamos al espinoso tema de las buenas obras, el pecado y todo lo que implica la visión del mundo moral. Suspiro, intentando contener la impaciencia que me produce el tema.

- La bondad no creo que tenga que ver con una idea dogmática - digo - la bondad es tu manera de asumir que creas algo que no es precisamente egoista y además, beneficia a alguien más.
- Esa idea de bondad, es inspirada por Dios por supuesto.
- Entonces ¿Cómo explicas que algunas "buenas acciones" se contradigan entre sí? - pregunto - Hablo que lo que puede ser bueno para el Dios Cristiano, es reprobable para los que se inspiran en las palabras Mahoma o los que asumen que el Talmut es la verdad.
- La verdad es una sola.
- ¿La que tu crees?
- La que inspira Dios.
- Que esta en la Biblia, claro.
- ¿Y que ocurre con el resto de quienes también insisten tener la verdad?

Aprieta los labios. La conversación no está resultando la tranquila tertulia que supongo P., suponía disfrutaríamos y le noto incómodo. Y de pronto, comprendo algo muy claro: Mi amigo no necesita analizar sus ideas, tampoco cuestionarlas. Para él, la bondad que promulga la Iglesia, esa interpretación simple de la realidad justifica ese compromiso privado, es suficiente. ¿Quién soy yo para decir lo contrario? ¿Quién soy yo para oponerme a la idea solo por no comprenderla? Suspiro, levantando las manos en un gesto conciliador.

- Mientras hagas algo que te satisfaga, no creo que haya mucha diferencia - comenté. Me dedicó una mirada lenta y extrañamente dura.
- El motivo por el que haces el bien es lo que hace valioso el acto ¿No lo crees?
- En realidad no.

Pero seguí pensando en esa frase mucho rato. ¿Realmente tiene importancia los motivos por los cuales hacemos una buena acción? ¿Le brinda sentido, sustancia o importancia? Una idea de muchas implicaciones, pero también que tiene su propio peso esencial: mirarnos como parte de un entramado de decisiones más o menos complejas.

De la bondad y otras ideas minimas: El bien y el mal en el mundo más allá del mundo de las ideas.

Hace unas semanas, leí un libro llamado "La bondad insensata" de Gabriele Nissim. El libro, conciso, complejo y levemente filosófico, parecía remontar esa idea del positivismo donde el bien tiene un objetivo, bien sea por satisfacer una creencia o una postura moral. Comencé a leerla un poco a disgusto: soy del tipo de lector que detesta le den sermones de la manera sutil y este parecía que iba a intentarlo de manera muy directa.

Resultó que no. Aún más, el libro, a su estilo discreto, no solo elabora toda una serie de argumentos sobre el bien y el mal que me asombraron por su lógica, sino que le brindó sentido a muchas inquietudes sobre el tema.

Porque "La Bondad insensata" no intenta pontificar sobre el bien, sino hablar sobre la bondad, dos conceptos que se confunden con demasiada frecuencia y que al cabo, no son más que matices de un mismo argumento. La visión de Nissim, periodista y ensayista italiano, intenta buscar no la idea del Bien en estado puro, sino la bondad como una visión del ser humano sobre si mismo. A través de historias de hombres y mujeres que no tuvieron dudas a la hora de tender la mano a Victimas de los sucesos más cruentos y terribles, el autor logra crear una visión de la bondad - y por consiguiente, del bien - que supera leyes, ideologías o religiones. Una moral intrínseca, privada, profundamente humana. La necesidad del hombre de comprender su mundo a través de actos de valor privado. Personajes anónimos, habitantes de ese olvido selectivos de los héroes sin mayor relevancia, a no ser la de construir su propio concepto de sus creencias a través de las acciones.

Me gusta esa idea. La pienso, cuando en un gesto de subita inspiración, le obsequio una barra de chocolate a un desconocido en la panaderia donde suelo comprar mi pan favorito. El hombre, a quien nunca he visto, sostiene el caramelo con una sonrisa, entre incómoda y un poco avergonzada. Pero la mirada que me dedica es de pura e infantil emoción.

- Gracias - balbucea - Pero no la entiendo.
- Le gusta el chocolate ¿No?
- Claro - responde de inmediato. Y la sonrisa pierde la timidez, se hace brillante y casi dulce - me encanta. Gracias.

Cuando salgo de la panadería yo también estoy sonriendo. Y no puedo dejar de preguntarme, si la bondad, con su carácter imprevisible y espontáneo, con su naturaleza simple de pequeño milagro cotidiano, es esta sensación diminuta y radiante que siento. No puedo dejar de pensar en la imagen que utilizó la gran Hannah Arendt, cuando intento describir el esfuerzo de los poetas como buscadores del bien oculto, del que no es evidente, el que parece perdido entre las escenas diarias. Con su visión directa, la escritora llamo a los bondadosos "Pescadores de Perlas", los que “capaces de bucear en el pasado y “sacar a la luz, desde el fondo de los abismos, donde viven de forma cristalizada e inmunes a los elementos, pensamientos y acciones de los hombres que tienen un valor universal”.

Suspiro, mirando la calle transitada, el azul radiante del cielo de esta Caracas casi ilusoria y pienso que sí, que todos, a nuestra manera y con nuestros pequeños esfuerzos, somos buscadores de perlas. Lo que se enfrentan a lo cotidiano para transformarlo en algo mejor, lo que encuentran un tipo de moral tan diminuta como exquisita. Los que miran el mundo con esperanza, incluso en los momentos más incómodos. Nos han llamado soñadores, idealistas. Incluso simplemente estupidos.

Yo creo que somos perlas, me digo, cruzando a la carrera la calle. Libre, tan libre y tan agradecida de estos momentos diminutos de aprendizaje. Joyas raras en medio de la busqueda de significado de un mundo desconcertante. En medio de la confusión de no comprender nuestra la visión que tenemos de él y más aún, el motivo de nuestro simple deseo de sonreír.

Pero sonreímos, claro que sí.

Y eso, ya es un triunfo.

C'est la vie.


3 comentarios:

AaronLujan dijo...

Hola, otra vez por aquí.

Me gusta como escribes, creo que todos disfrutaríamos leyendo algunas de esas historias que tienes guardadas en la carpeta que dice: "Mis libros" pero ese no es el punto de esta intervención. Solo quería acotar.

Te cuento una historia:

Mi amigo O. se iba a casar, durante meses lo ayude en todo lo concerniente, como padrino no pude aportar más que dinero y apoyo moral. La esposa y las madrinas decidieron todo. y me surge una pregunta ¿Las bodas son de los hombres? no me queda claro, después de esa experiencia creo que los novios somos una especies invitados especiales. En fin, el punto fue que faltando un día me dice—Me tengo que confesar, acompáñame a la iglesia— tenía años que no iba a una, pero le dije: está bien.

Ese viernes en la mañana fuimos, después de esperar el cura finalmente llegó y mi amigo entró. Al pasar unos veinte minutos salió mientras yo fumaba un cigarrillo en la acera del frente de la iglesia. Su cara no era la misma, una palidez lo cubría, parecía había visto EL Silbón en vez del cura.

Mi comentario se hizo llegar ¿Qué pasó chamo, te asustaste? a lo que respondió —No, me acaban de demostrar que soy la peor persona de la vida, me siento mal por eso.

—¿Cómo así? exclamé
— Verás, mi filosofía de vida es no hacerle daño a nadie, pero tampoco bien. No molesto para que no me molesten, no boto basura en la calle y tampoco recojo la basura de los demás. Matemática simple. No sumo, pero tampoco resto y siempre me mantengo en cero. Así me sentía bien.
— Llevas la ingeniería no solo de profesión si no de filosofía de vida le dije y eché una carcajada.
—No te rías. es en serio, soy una mala persona.
—No entiendo explícame. pregunté confundido.
—Bueno, el padre me explicó que en la tierra existe el bien y el mal, ambos en lucha constante. Muchos hacen el mal, pero otros, como tú, que son altruistas hacen el bien y ayudan en todo lo que pueden. Resulta que eso crea un equilibrio, pero últimamente notamos más presencia del mal, debido a que en el medio existen personas como yo. Que no hacen mal, pero tampoco bien.
— No entiendo. Le comenté.
—Sencillo, cuestión de matemáticas. Si mil personas hacen bien, y mil personas hacen mal, el mundo estuviera en equilibrio, pero como no somos dos mil personas solamente, los que no hacemos nada pecamos por omisión. Y somos los peores pecadores, porque no somos malos, pero tampoco hacemos el bien. No nos importan los demás. y gracias a nosotros, el mal se vuelve visible en todos lados, potenciándolo. Pecamos por omisión.Pecamos por omisión ¡se repetía!
— Si bueno, tiene sentido. Pero por eso no creo que seas mala persona, igual lo puedes modificar.
— Si, y lo haré, creo que leeré la palabra de dios y quizá me vuelva cristiano.
—Me reí, terminó la conversación y seguimos los preparativos del gran día.

Hoy, un año después, es Cristiano, asiste a la iglesia todos los domingos. Y me dice, encontré muchas respuestas en la palabra de Dios, ya no soy mala persona.

Mi historia y tu post, me hace reflexionar y pensar que quizá si, todos somos perlas, pero al parecer no todas quieren brillar. Ni a su manera, ni a ninguna. Sólo se esconden en su coraza de mejillón. Creen que esconderse es su mayor defensa, pero en el camino algunos pescadores las descubren, algunos son pescadores buenos y otros malos. Luego cada pescador las utiliza a su manera.

Por mi parte, seguiré brillando y sonriendo cada vez que sea posible.

Y lo que más me duele de tener que dejar este país, es que yo soy como tu amiga K, que alimenta a los gaticos, pero no sólo eso, es mi vida, mi trabajo. tengo esta página www.soytumascota.com en dos años hemos ayudado a más de 2.000 mascotas de la calle a conseguir hogar. Eso me llena más que cualquier cantidad de dinero. Pero si me voy, ya no los podré seguir ayudando.

:( me cuesta sonreír cuando pienso en eso....

Saludos.


Naiffer Olivares dijo...

Interesante post y el libro me ha llamado profundamente la atención, ¿adonde lo conseguiste?

Señorita Cometa dijo...

<3

Publicar un comentario