sábado, 9 de marzo de 2013

Delirios Sabatinos: La Diosa, la bruja y el caldero en la actualidad.





De pie, en medio de la multitud que llena uno de los vagones del subterráneo de mi ciudad. Un poco malhumorada y cansada. Inevitable quizás, en esta Caracas convulsa y caótica. Un grupo de chicas conversan a unos cuantos metros de distancia, entre risitas y gritos jubilosos. Una de ellas, lleva un pentáculo al cuello. El cabello trenzado, una pequeña medialuna tatuada en la muñeca.

Deambulo por mi librería favorita. En un anaquel, encuentro una extensa colección de títulos diversos. En todos ellos, la Diosa me mire, sonríe cómplice, misteriosa, danzando entre las palabras y páginas. Una mujer joven, que lleva un bolso al hombro y sostiene lo que parece ser un maletín médico en la mano derecha, toma uno de los libros ( Por un momento, alcanzo a ver el rostro de Afrodita, enigmático y bello, sonriendo benévolamente desde la portada ) y lo lleva hasta el mostrador. Sonríe, cuando levanta el libro y me pregunto que piensa sobre todo este renacer del sagrado femenino, en plena época de incredulidad. Cuando sale de la librería, me pregunto si la Diosa está en todas partes, o quizás, su idea nunca se fue del todo.


La voz de la Antigua sabiduría.

Lo he comentado varias veces, en este, su blog de confianza: Durante los últimos años, ha surgido todo un nuevo interés en la figura de las diosas, en diversos ámbitos, desde la literatura fantástica, en los grupos de mujeres que buscan nuevas formas de comunicación e incluso en las investigaciones históricas con perspectiva de género, que buscan mostrar las entretelas de una teología unilateral y básicamente misógina.

Las diosas nos revelan el lado femenino de la divinidad, que durante siglos ha sido negado en las religiones occidentales, además las diosas de todas las culturas han sido poderes inmanentes, que actúan con el mundo, no desde la omnipotencia lejana como el Dios judeocristiano. La Diosa es la tierra, el agua, el cielo y la luna, es el espíritu de un águila.

Hoy en día mucha gente harta del extremo materialismo contemporáneo, de la misoginia e intolerancia de muchos líderes de la Iglesia, busca en las raíces de la espiritualidad humana nuevos símbolos que sirvan como referentes de su búsqueda mística; las diosas llegan en buen momento para devolvernos el equilibrio perdido hace dos mil años.

Quienes insisten en el monoteísmo como única visión del mundo, aseguran que el politeísmo -o creer en una diversidad de dioses y diosas- es primitivo y elemental; asumen que la gente que habla de diosas y otras entidades místicas superiores, es ignorante e incapaz de ver que hay sólo un Dios, un misterio eterno, una verdad única, en ese Dios masculino creado por la imaginación del hombre a su imagen y semejanza.

Lo cierto es que todas las culturas fueron en algún momento politeístas y siempre creyeron en la unidad de lo divino, el centro de las mitologías es que los poderes sagrados trabajan dentro de la creación completa, pero tienen diversas apariencias o referentes, como dice un proverbio indio "Dios-Diosa es una, pero muchos son sus nombres".

La mayoría de las culturas politeístas, que dependían de las bondades de la naturaleza, dedicaban buena parte de su tiempo a entrar en armonía con el ecosistema, y como las diosas siempre estaban relacionadas con la creación, el latir del corazón y la tierra fértil, la música, la danza y la alegría, eran algunas de las formas de acercarse a ellas, estos procesos incluían casi siempre rituales de cantos, danza, tambores y música, acompañados de la narradora de historias.

El canto a Coatlicue dice: "Oh, flor dorada abierta, es nuestra madre cuyos muslos son sagrados, cuyo rostro es una máscara oscura, viene de Tamoanchan el primer lugar en donde todos los dioses descendieron...

En medio de un círculo de velas encendidas, canto en voz baja. Los ojos cerrados, el cabello desordenado cayéndome sobre los hombros. El simbolo de la Diosa en mi pecho. Esa fe simple del creyente, que trasciende la lógica cotidiana, incluso la identidad propia. Esa profunda necesidad de construir algo nuevo a través de la convicción.

Una antigua y preciada manera de crear, tal vez.

C'est la vie.

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