martes, 20 de noviembre de 2012

El pecado de ser gordita en el país de las bellas






Fui gordita la mayor de mis veinte años. Creo haberlo mencionado en algún momento, en este, su blog de confianza. Bajé y subí esos kilitos de más durante más tiempo del recomendable y sufrí todo lo que cualquiera con figura normal puede sufrir en este país de adoración a las bellas y a la esbeltez. Y justamente ahora, volví a recuperar mi peso normal - o recomendable - unos sesenta y cuatro kilos pero, de alguna manera, en esta ocasión estoy bastante consciente del motivo por el cual decidí cuidar mi alimentación y mi salud a nivel general: una reconciliación con mi cuerpo. No obstante, estoy consciente además de una serie de cosas que antes, tal vez demasiado angustiada para notarlo, hacen que bajar y subir de peso se convierta en una decisión casi moral. Hablamos que de pronto, entendí que ser gordito es el prejuicio más común, más duro y doloroso que debemos soportar. Y que ese sutil prejuicio, venga de donde venga, es una anatema social que me hace preguntarle ¿Que ocurre con nuestra percepción sobre nuestro cuerpo y estilo de vida?

Lo vengo pensando hace semanas enteras, mientras me dedico a cuidar mis comidas e intento entrenarme a traspié  Y es ese proceso físico lo que me ha llevado a otro proceso, este mental, cada vez más singular. Pero necesario, creo. De pronto,  me sobresaltan los chistes de gorditos, los que se hacen a diario, los humillantes. Los que se ríen de los grandes traseros, los que bromean sobre la grasa que cuelga y los rollitos que afean. Los que ridiculizan las rodillas enormes, los brazos redondos, el apetito voraz. Me producen incomodidad las tiendas que muestran maniquíes de enormes pechos y diminutas cinturas imposibles, la ropa de tallas risibles, tan ajenas a la curva normal, a esa de todos los días, de la del pancito con mantequilla del descuido, de la torta de cumpleaños del pecado venial. Me produce verdadera inquietud, las revistas con mujeres semi desnudas, en venta, al parecer y tan barato como el papel donde están impresas. Y mientras todo esto pasa por mi cabeza, no dejo de pensar en esa agresión que sufrí por mis eternos kilitos de más, la agresión que todas las mujeres de este país han sufrido alguna vez por ser simplemente normales.

Me pasó con frecuencia. Recuerdo una vez que entré a una bella tienda de un conocido Centro Comercial para comprar una blusa y la diminuta vendedora me miró, casi relamiéndose la intención de decirme que en los lujosos anaqueles de madera labrada, no había nada que me entrara siquiera en el dedo gordo del pie. Una escena muy a la legendaria Pretty Woman...pero real. Real porque de pronto, tu cuerpo es un enemigo, como te ves te produce un tipo de ansiedad que pocas cosas pueden provocarte. Recuerdo que por pura saña y malcriadez, decidí comprar en esa tienda una blusa que no me probé, que me costó el triple de costosa que otra similar en otro lugar más modesto y que jamás llevé porque era demasiado pequeña. Pero fue esa ira, esa sensación de impotencia hacia esa reacción de "eres inadecuada" lo que me hizo cometer ese pequeño acto de rebeldía inútil, simplón. Y después lloré, sentada en mi habitación, con la blusa colgada y sintiéndome no gordita, sino gorda, inmensa, enorme. Que atroz esta agonía diminuta, esa agotadora sensación de encontrarte siempre fuera de lugar.

La primera vez que perdí peso lo hice por esa furia. Me entregué a la dieta con una decisión que rayaba en lo simplemente obsesivo. Dejé de comer por días y corría hasta caer exhausta...y perdí peso. Por supuesto, ¿Como no perderlo tiranizandome? Lo hice y me encantaría decir que volví a la tienda lujosa y me compré toda la ropa y abofetee a la vendedora. Pero eso no pasó claro: estaba demasiado agotada, demasiado triste. Y delgada, claro esta. Pero esa delgadez que es amarga, de sentirte gris, casi cenizosa  de tener miedo de lo que te llevas a la boca, de obsesionarte incluso con el agua que bebes. La delgadez del desastre,  del miedo.

Y claro, voy a aumentar de peso. Cuando me rendí, cuando me desesperé. Cuando comencé a comer de noche otra vez, a las tantas de la madrugada. Cuando empecé a comer por furia, por rebeldía - de nuevo - por todas las veces que me sentí bonita y aceptada por pesar tan poco que casi me produce un infarto. Y seguí aumentando, por furia, por rechazo, por hacerme daño, por cualquier cosa. Aumenté y me pregunté si el ciclo comenzaría de nuevo.

Comenzó.

De eso hace seis  años. O un poco más. Me costó aprender, me costó madurar, me costó asumir que hacia con mi cuerpo. Y renacer. No me refiero a la delgadez - que no me interesa - me refiero a mi renacimiento en piel, a reírme de felicidad por mi cuerpo, a lucir mis curvas - que no son demasiadas, por naturaleza, pero que importa - y sentir esta satisfacción de quién triunfa, de quién levanta los brazos y sabe sonreír. Es el poder de creer y confiar. Es la capacidad para crear y comprender quienes somos, hacia donde vamos y esa rotunda victoria contra la palabra que hiere y la idea que golpea.

Sí, fui gordita. Soy normal. Estoy feliz. Soy sobreviviente de mi misma.

C'est la vie.

4 comentarios:

Arianna Arteaga Quintero dijo...

Mi Agla bella, no parecen cosas tuyas. Me resulta una pendejada culpar al mundo por tu propio rollo de que estabas gordita cuando basta asomarse a la calle para ver cientos de robustas y orondas mujeres apretadas y felices luciendo sus curvas. A ellas les sabe a bola la revista, el afiche y la "presión social", ellas se sienten divinas. Yo las amo, me encanta verlas en hilo dental por la playa desbordadas en carne y sonrientes.
No seas galla, tú eres hermosa siempre y eso del "país de las bellas" es demasiado lugar común.
Me alegra que resolvieras tu peo contigo. Además, la de la tienda te miró feo al sentirse intimidada por una mujer obviamente más interesante, eso fue todo.
Te quiero <3

Miss B dijo...

jajaja Mi bella, es que para yo llegar a ESA libertad, pasé todo eso :) y por eso te digo: culpaba al mundo, bajé por las razones incorrectas. Y me sobreviví :)

Que genial verte por aquíii!! <3!

Gabriela Henriquez dijo...

No pude sentirme mas identificada con tus palabras.... El mundo en el que vivimos es tan plástico que no aceptas unos tantos kilos de mas... Yo peleo con unos kilos de mas y quiero hacerlo de manera natural, pero única y exclusivamente por mi... Solo alguien autentico puede expresarse del modo en que lo haces...

Felicidad Marin Torcatt dijo...

Por supuesto identificadisima... yo llevada por los hashtag #mujerendietaeterna y #mujerqueadoracomer jaja es verdad, hay que encontrar las razones correctas y empezar a verse de adentro hacia afuera... Cuando alguien me dice odiosamente "estas gooorda" le digo que estoy buscando la belleza interior (lo cual es cierto) y los desencaja... Y en mi caso la determinacion me la da la frase "si pude caminar en la selva y salir viva, puedo comer mejor" jaja... Besos bella

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